Inside Out: la rueda de las emociones o un libro para cada estado de ánimo

Inside Out: la rueda de las emociones o un libro para cada estado de ánimo

Si bien siempre existió una larga tradición filosófica que intentó oponer la razón a la emoción —Platón llegó a sostener que la poética (la literatura) era una disciplina inmoral porque buscaba encantar y manipular con falsedades al espectador, a diferencia de la lógica—,  en su Retórica del siglo IV a. C. Aristóteles intentó integrar el pathos (la emoción) con el logos (el lenguaje, la razón) porque afirmaba que en todo argumento lógico se encuentran estructuras patémicas que colaboran en la persuasión y se manifiestan en la cognición porque responden, por supuesto, a creencias (experiencias socioculturales individuales y colectivas) presentes cuando se padece una determinada emoción que puede llegar a producir afecciones psicofísicas como el placer o el dolor.  

De modo que quizá el mayor valor (intangible) y una clave fundante de la literatura sea acompañar en diferentes momentos de la vida al lector; aun si este no ha vivenciado la experiencia que narra la obra artística, hay un común denominador que amalgama a un público determinado: las emociones. Entonces, elegir el libro adecuado para cada segmento de la existencia puede ser una tarea complicada en el siglo XXI, incluso con el algoritmo, los bookfluencers y las redes sociales. 

En la contemporaneidad, las emociones en los libros siguen siendo un tópico que atrae a pensadores, autores y lectores. Si extremamos esta idea, y ya que hablamos de la informática y la ciencia de datos —aun con sus errores de algoritmo—, Kurt Vonnegut  Jr. (1922-2007), autor de la generación beatnik, dio en The Case College Scholars Program (1995) una clase magistral sobre “La forma de las historias”, pues, luego de analizar la carga emocional de unas 1700 novelas (desde Sófocles o Shakespeare hasta Lewis Carroll), dijo haber descubierto la reiteración de al menos seis patrones de arcos emocionales, con la idea de que las historias siguen curvas emocionales de distintas formas, siendo algunas más adecuadas para la narrativa que otras; algo así como la “fórmula secreta” del éxito. 

Elegir el libro adecuado para cada segmento de la vida puede ser una tarea complicada 

En su ponencia advierte que no sabemos suficiente de la vida para diferenciar entre buenas y malas noticias, y que la información que nos llega no tiene todo el contenido para determinar qué es real; por eso, la literatura y las emociones van de la mano bajo una premisa que bien supo distinguir Aristóteles: el fin último del arte, en este caso la literatura, no es su compromiso o búsqueda de la verdad, sino proporcionar distintas formas de placer. 

Quien coloca al placer como eje en la literatura-escritura es el semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980), que en El placer del texto (1973) revolucionó la crítica literaria de su país para proponer que el lector establece un vínculo erótico con el cuerpo de un texto y que las prácticas de lectura y escritura son indisociables del placer dentro de los límites de la cultura, es decir, permiten al autor hacerse comprender por otro que comparta el mismo código cultural, o bien el goce: ese punzamiento individual y diferencial de cada persona que es la perversión y ruptura con dichas ideologías en busca del propio placer, de la propia experiencia de lectura y escritura, del aprendizaje emocional o educación sentimental de cada cual. ¿Quién no ha vuelto a una vieja lectura en una situación madurativa y emocional distinta para descubrir nuevas formas de leer, otras interpretaciones, claves e incluso impresiones y comprensión de otras realidades? 

Barthes propuso liberar al lector de las ataduras definidas por ciertas corrientes retóricas que sostenían que las emociones buscaban manipular o persuadir al locutor de una idea o dirección; en cambio, el crítico francés insistía en que hay una interrelación particular y única que cada lector establece con determinado texto, al cual interpreta e interpela. Este acto emocional estricto de la narrativa acciona en el subconsciente del lector en busca del libro justo para un momento específico de su mapa de lectura. ¿Y dónde se aloja ese subconsciente plagado de emociones? Tal vez la respuesta más compleja sea la más sencilla: ¿vieron Inside Out 1 y 2? Tomemos como ejemplo las emociones de esta saga: alegría, tristeza, ira, miedo y disgusto, de la primera parte, mientras que en la segunda, estrenada en 2024, aparecen ansiedad, vergüenza, ennui –—que ya en el siglo XVII Blaise Pascal se dedica a conceptualizar en sus Pensamientos y remite a la apatía, sensación de vacío, insatisfacción, cansancio—, envidia y nostalgia. Dos películas, hasta ahora, nos dan una perspectiva simpática de lo que ocurre dentro de cada ser. ¿Hasta qué punto elegimos una determinada lectura según la emoción que preferimos sentir… o es más bien la lectura la que nos elige, nos coopta, nos abduce a nosotros? 

Las emociones en los libros cambian de una página a otra y en ciertas ocasiones resulta complicado elegir, con una historia, una sola manera de vivirla. Si, por ejemplo, nos detenemos en Septología, la gran novela —quizá la mejor— de Jon Fosse, (Haugesund, 1959), ganador del Premio Nobel 2023, lo primero que llega al imaginario emocional es la tristeza: ese paisaje gris de la estepa noruega, el hielo de la encrucijada, el frío de las caminatas, la soledad, la manera tan perfecta que tiene el autor de hacernos vivir esa emoción a flor de piel, la liturgia de lo religioso en las repeticiones como mantras sensoriales, pero lo cierto es que también hay ansiedad, miedo, y en esa trama que pareciera tan oscura, la alegría llega a cuentagotas en momentos que regocijan como el oxígeno al ahogado; también tenemos esa mezcla de tristeza melancólica y de nostalgia quijotesca, un desajuste entre la personalidad del protagonista y la época en la que le ha tocado vivir.  

Las emociones en los libros cambian de una página a otra 

En Chilco, la primera novela de la poeta chilena Daniela Catrileo (San Bernardo, 1987), la ira se mezcla con vergüenza, la desilusión de una ciudad que se derrumba y la huida hacia la isla de Chilco, donde la esperanza se disfraza de frustración. Con este combo de situaciones la prosa avanza constante con la ferviente búsqueda de la felicidad de su narradora protagonista, Mari Quispe, que en primera persona se presenta en un estado de conciencia en el que en todo momento hace prevalecer el sentido común que enaltece el bienestar, incluso en la debacle sociopolítica y económica. Una novela ideal para viajes de autodescubrimiento, sobre todo por la posibilidad de una isla remota y aislada del recuerdo que acarreamos desde la infancia y de la tierra que nos vio crecer. 

Leer hoy Baumgartner de Paul Auster (1947-2024) tal vez nos separe de las emociones en los libros en sí mismas y quizá nos lleve a la de sabernos ante su epitafio, de tener en mano la última novela escrita por él, en la cual, ya enfermo, sabe que escribe sus últimas palabras; merece ser leída como un homenaje donde el autor encara una cierta despedida. Un adulto mayor que en gran medida es su símil tiene que afrontar la vida desde un espacio donde se siente discriminado, apartado, a la vez que expone los males que cargan y aquejan a los hombres y mujeres de la tercera edad; hay un dejo de vergüenza en ser anciano, una sensación de vacío e insatisfacción que el presente y las cosas que ocurren, las hipérboles, desnudan aún más.   

Rememorar las emociones en los libros nos lleva a la primera novela de la dramaturga Camila Villegas (CDMX, 1974), Lo demás es silencio (2024), en la cual la alegría de los rarámuris, con la sierra Tarahumara como paisaje y límite, pareciera confrontada con el miedo al afuera; una comunidad que se une y maneja de forma endogámica el valor de sentirse sobrevivientes en un mundo cada vez más colonizado. La violencia del narco, la diáspora de los más jóvenes, las políticas expansionistas y la naturaleza salvaje del entorno, la desigualdad, no son suficientes para hacer que los habitantes ancestrales de la tierra caigan en el disgusto. Una de las novelas más interesantes de este año en las letras mexicanas, una voz novedosa que impacta y atrae, que pone al lector ante la violencia inicial y primigenia, quizá de donde provienen la cultura y la humanidad. 

Hoy asistimos a una ola, si no es que un auge que retorna de los movimientos feministas, y por eso leer a Liliana Blum nos lleva a un devenir de emociones con ocho voces femeninas en el mismo número de cuentos que componen su último libro, Un descuido cósmico (2023), y que difieren, pero unifican el tono para buscar, entre otras cosas, cierto tipo de venganza. El libro editado por Tusquets está cargado de ira, miedo y disgusto, y nos muestra la manera directa en que ocho mujeres interactúan con los conflictos que se les presentan con un objetivo en común: resistir y cobrar justicia como todas las falsas “brujas” oprimidas por el patriarcado. 

Qué es ese vínculo erótico que el lector establece con un libro, y que Barthes supo esbozar, sino una suspensión de concretar el deseo de leer: mientras los libros parecen mantenerse, inmutables y perennes, en un estado de espera, es justamente esta la que atestigua las mutaciones, los cambios en las condiciones de lectura; los ojos, las lentes (dis) puestas a atacar, a sorprenderse, a llorar, a reír, a subrayar esa idea en un texto que nos ha llegado a la profundidad de las entrañas , y una invitación a viva voz, a viva página, a la relectura y, quizá, el miedo de ver que la persona que antes leyó y sintió por dicho texto hoy vislumbra el paso del tiempo. 

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