Sería sencillo responder por qué los libros llamados “clásicos” son atemporales. Usando el pensamiento circular, son atemporales porque, bueno, son clásicos; haber vencido al tiempo los vuelve clásicos, y su supervivencia a la moda, la novedad o la tendencia es en sí misma la esencia de lo que los hace clásicos.
Si bien es verdad que muchas veces se habla de “clásicos modernos”, este adjetivo es más bien anticipado o, mejor dicho, una apuesta: hay clásicos modernos que no trascienden a su época y, por tanto, el tiempo les arrebata tal honor; hay, también, clásicos ignorados en su momento que años después reclaman su lugar en la historia de la literatura.
La pregunta inicial, entonces, se vuelve de pronto más compleja e interesante: ¿por qué los clásicos son atemporales? ¿Qué hay en Cervantes, en Shakespeare o en Tolstói que, a la fecha, nos sigue atrapando en las tramas que entretejieron hace siglos?
Bien, muchas veces la respuesta se reduce a la influencia de una obra en el canon de la literatura. Se dice que el Quijote, por ejemplo, inspiró y creó la novela moderna; que su estilo, sus temas y propuesta cambiaron la literatura de tal forma que hay un antes y un después de él. Se dice que Shakespeare no solo revolucionó la manera de hacer teatro (y, de paso, la de contar historias, desde su estructura más básica hasta los arquetipos de los personajes), sino el propio lenguaje. Y, así, pareciera que el canon selecciona obras según la estampa que logran dejar en las que les suceden; se podría decir, pues, que lo que vuelve a una obra un clásico es su capacidad de contagio y propagación.
Esta reducción, por supuesto, no es suficiente (y quizá no sea siquiera cierta).
El infierno es un abismo consumido por el fuego
En la Divina Comedia, Dante y Virgilio recorren las tripas del infierno y observan cómo los pecadores son castigados conforme a sus faltas en la Tierra. Círculo tras círculo, Dante describe los suplicios de ateos, lujuriosos, glotones, codiciosos, iracundos, herejes, asesinos, charlatanes y traidores; las llamas crujen y lenguas anaranjadas abrasan peñascos y ríos de sangre.
Esta, quizá, sea la imagen que cientos de miles tienen del infierno; sin embargo, el de Dante no se asemeja en mucho al que se describe en la Biblia, donde apenas se menciona (y en opinión de algunos traductores, ni siquiera aparece en las primeras versiones del texto). La pluma dantesca no nos dio únicamente una alegoría impoluta de la maldad humana, sino que cambió al mundo: inventó el infierno. No solo hay un antes y un después de la Divina comedia en la literatura, sino en la historia de la humanidad.
¿Qué otros casos existen como el de la Divina comedia, que atraviesan nuestra vida y nuestra cultura como si viniesen de la naturaleza? ¿Cuántas veces no hemos peleado contra molinos de viento? ¿No nos ayudó Dostoievski a redefinir lo que significa ser una persona pobre al colocar no al dinero, sino la moral y la justicia como materia elemental de nuestra composición humana?
¿Y no sigue siendo la cuestión ser o no ser?
Los clásicos no son tales por ser atemporales. Lo son porque Homero, Dante y Cervantes nos entendieron; porque Shakespeare, Dostoievski y Tolstói nos definieron y sintetizaron el alma humana. Porque los Grimm, Dumas, Austen o Dickens nos moldearon, o porque García Márquez, Asimov, Joyce o Woolf nos dijeron lo que podemos ser. Los clásicos están en el arte que apreciamos, sí, pero también en las decisiones que tomamos, en cómo vemos y juzgamos a los demás y a nosotros mismos. Nos reflejan, pero también nos proponen nuevas formas de ser, y de ser humanos. Son atemporales porque al mundo lo inventamos; están en nuestros genes porque estamos hechos de historias.