Redes sociales y literatura marcan una contemporaneidad sumida por las pantallas, la inmediatez y la necesidad de los internautas de expresar sensaciones, deseos y lecturas. Así como en la película Crimes of the Future (2022), de David Cronenberg (Toronto, 1943), en la cual la obra de arte está signada por una deformación cancerígena de su propio cuerpo que el propio artista genera a través de comer plástico y su pensamiento emocional, en el libro Los campos electromagnéticos (2023), Jorge Carrión (Tarragona, 1978) propone al algoritmo como una forma artística en sí misma: “En el futuro, es probable que la literatura algorítmica se convierta en una forma de arte muy valorada”. Esta asociación libre nos hace pensar en el papel y en el presente: la literatura hoy parece accionar y deslizarse, con cierto grado de actividad biológica, como una máquina viva, hacia una nueva forma de comunicación de su propio cuerpo a través de las redes sociales: arrobar, hashtagear, comentar o reaccionar son neologismos que inauguran, y casi fuerzan, un nuevo lenguaje.
Las redes sociales y literatura crearon booktubers, instabookers, tuiteratura, goodreaders y nuevos personajes que transforman la literatura en algo más que libros, toda una fauna de hibridez que comienza a tomar vida propia y a conformar un nuevo paradigma, una “cultura participativa” de prosumidores en la que el usuario no es solo un consumidor pasivo, sino una persona que produce, interactúa y cuya experiencia puede alterar estos entornos digitales. Estos mediadores culturales que, según Francisco Albarello —catedrático e investigador de este nueva forma de lenguaje—, toman la transmedia con compromiso para enriquecer el contenido, son los lectores de siempre pero que están dispuestos a interactuar, reversionar, reciclar, expandir, combinar, completar, ampliar, así como a recibir, ya sea por azar o coerción de la serie del algoritmo, esa información y contribuir a su edición y circulación, desde editoriales, bibliotecas, para habitar otros espacios.
Cuando Roger Chartier (Lyon, 1945) abordó el concepto de “comunidad de lectores”, indagó sobre la idea de redes sociales y literatura en relación con la materialidad de los textos y las prácticas de sus lectores, sostenidas a partir de competencias, usos, gestos, códigos e intereses. Qué tanto y qué tan poco podemos, entonces, hablar en un mundo globalizado de la literatura que nunca dejará de ser una forma de transmitir la universalidad de las emociones humanas, y el efecto implosivo de las redes que, de si de algo se jactan, es de atravesar el umbral de la inmediatez espacio-tiempo de la práctica de lectura íntima e individual para viralizarse o cancelar —si la censura o la libertad de expresión no es un debate de siglos—. En principio, podemos hipotetizar que no cambia lo que nos sucede leyendo, sino la parafernalia o, mejor dicho, esa escena ritual que pareciera profanarse.
Podemos hipotetizar que no cambia lo que nos sucede leyendo, sino la parafernalia o, mejor dicho, esa escena ritual que pareciera profanarse.
La simultaneidad, la serialización, la brevedad de lo colosal, la expansión de la literatura mediante la recursividad de los prosumidores, la inmediatez individual y privada del clic crean entornos cognitivos mutuos, participativos, colaborativos, compartidos y experiencias colectivas, como si fuera un fogón tribal en el que se cuentan historias, pero esta vez mediadas por las plataformas digitales. Es cierto: redes sociales y literatura cambiaron cierto panorama de transmisión de la forma de leer. De alguna manera todo lector se convirtió en crítico literario, pues quien lee lleva en su conciencia el poder de compra de los autores y libros que prefiere disfrutar o desechar.
En el siglo XXI, además, en lugar del boca a boca surge la apertura de cuentas especializadas que trabajan con reacciones, dan opiniones y sensaciones, algunas más amateurs otras más profesionales, sobre los libros que se leen, sobre la vida de los autores, sobre todo lo que concierne a la literatura y más allá, incluso, de esa misma literaturidad, incluida la literatura misma. Para esta nota recurrimos a dos especialistas en el tema, que navegan en las redes y la literatura con fluidez: Cecilia Bona, periodista que desde hace años maneja en Argentina su canal federal @porqueleer, y @Oscarbooker, el conocido instabooker mexicano que dice “presente” en ferias, presentaciones de libros, y que además de ser gran lector se codea con los escritores del momento.
Un fogón tribal en el que se cuentan historias, pero esta vez mediadas por las plataformas digitales.
Óscar en México reflexiona que “años atrás, los medios ocupaban el lugar de críticos especializados, diarios, revistas, suplementos de cultura, eran la vanguardia de lo que estaba en boga leer, de las nuevas apariciones de autores nóveles, de sorpresas que, si no fuese por la crítica especializada, no nos animaríamos a consumir”. Es cierto que hoy esa opción está, de alguna manera, algo caduca para las nuevas generaciones, que buscan la inmediatez no tanto en la lectura, sino en cómo se comunica. Producir, imprimir y distribuir una revista tiene costos exorbitantes; sostener una empresa de semejante tamaño no tiene sentido frente a la proliferación de las redes sociales y la literatura. Todos tenemos un celular a mano, todos consumimos y le damos órdenes, incluso de forma involuntaria, al algoritmo para que nos muestre nuestros deseos, bloqueamos lo que no nos apetece, guiamos al bot para que nos muestra todo lo que deseamos leer, comprar, tener en nuestra biblioteca.
Cecilia Bona, que desde hace años lleva adelante su prolífica red en la Argentina por su carácter federal, se encarga de llevar literatura a lugares donde antes no había o había mucho menos y lo que llegaba eran solo las novelas que se podían comprar en supermercados. Así, su conexión con pueblos con poca llegada de libros y cultura, pero con acceso a redes sociales, la hizo referente a lo largo y a lo ancho del territorio argentino. Cecilia nos dice que según su punto de vista “las redes sociales ampliaron los canales de mediación de lectura y potenciaron algo que ya ocurría con los libros, el deseo de compartir las emociones que genera la lectura, todo lo que un libro genera las redes lo amplifican, esa sensación que antes se daba en la calle, en el boca a boca entre los lectores, ahora las redes permiten a los lectores que encuentran variantes que desafían sus propios gustos, cada pantalla es una forma de espiar a otros lectores”. Ante la pregunta sobre los beneficios que existen entre los autores y los lectores Cecilia argumenta que “acorta la distancia y una cosa es estar en las redes y otra muy diferente es trabajar las redes, a veces los escritores no crean contenido, que es una manera válida de habitarlas, pero quienes generan contenido desde su obra, recortes de fragmentos, lecturas en voz alta y hasta recomendaciones de otros autores y ellos también se transforman en productores de contenido”.
Lo interesante es la pregunta que se genera teniendo en cuenta la relación de la lectura con la pantalla, siempre tenemos en nuestro imaginario a un librero especialista que entre estanterías de libros es el referente y en quien confiamos. Óscar nos dice: “considero imperativo que autores/as tengan mayor acercamiento a sus lectores a través de las redes sociales, hay dos motivos excluyentes, por un lado las redes generan mayor llegada, pero lo más interesante es que los autores pueden generar comunidad, lectores leales, y ser parte de clubes de lectura, que es una nueva manera comunitaria de leer”. Por su parte Cecilia agrega que “por momentos suena contradictorio que a través de una pantalla se pueda invitar a la gente a salir de la pantalla para leer y luego pueda volver a la pantalla para comentar qué le generó la lectura y comentarlo en la pantalla recomendando salir de la pantalla; es un desafío para quienes nos tomamos la promoción de la lectura como algo serio, pero también es una competencia desleal frente al libro, pues las tablets, las computadoras y los celulares están pensados para no soltarlos”. Esta suerte de mamushka infinita, en la que la siguiente muñeca no es más pequeña sino que está multiplicada, hace que la mezcla de redes sociales y literatura genere un cambio de paradigma, un enfoque diferente para autores, lectores, editores, libreros y comunicadores, pues la lucha desleal del libro contra la pantalla es una pelea comunitaria en la que todos los actores son piezas fundamentales y complementarias.