Despedidas como esta son una tragedia, la muerte lo es, la sentimos dolorosa cuando nos toca, cuando la cercanía con ella nos interpela o cuando le ocurre a alguien que admiramos. Cada día mueren millones de personas, mueren también millones de historias, y de pronto le tocó a Paul Auster (1947-2024) , quien esgrimió historias para contarnos las vicisitudes de la vida misma y, por ende, también de la muerte, de la injusticia y del azar que domina las cosas, y se metió en nuestra psiquis con personajes que vivirán mucho más que el resto de los mortales, al menos de los millones que lo leímos pegados a las páginas, desvelados por el discurrir de la literatura, tal como nos tuvo durante muchos años de carrera literaria. Desde sus primeros libros hasta el último, ya fuera en la narrativa, la poesía o el ensayo, sus palabras no caducarán nunca.
En Baumgartner (2024), su última novela, Auster pareció encarar una especie de despedida; al respecto escribió: “Baumgartner sigue sintiendo, amando, ansiando, teniendo ganas de vivir, pero en lo más recóndito de su ser está muerto. Eso lo ha sabido durante los diez últimos años, y durante esos diez años ha hecho todo lo que estaba en su mano para no admitirlo”. El autor norteamericano, como explicó su esposa Siri Husdvedt en una publicación de Instagram luego del fallecimiento del fallecimiento de este, “Murió en su casa, en una habitación que amaba, la biblioteca, una habitación con libros en cada pared, desde el suelo hasta el techo, pero también con ventanas altas que dejaban entrar la luz. Murió con nosotros, su familia alrededor, el 30 de abril de 2024 a las 6:58 p.m.”, lo que nos lleva a otra cita de Auster, también de su última novela: “Una persona sin relaciones con los demás carece de vida”. En este sentido, para él y el legado literario que dejó, la muerte no es el final.
Desde sus primeros libros hasta el último, ya fuera en la narrativa, la poesía o el ensayo, sus palabras no caducarán nunca.
Hustvedt, en el mismo mensaje, reflexionó sobre el amor que el mundo entero le profesa a la obra de Auster, pero también a él como persona: “la esencia de sus historias aborda preguntas que van mucho más allá del aquí y ahora. ¿Qué significa estar vivo? ¿Cómo pueden los seres humanos con anteojeras encontrar un camino a seguir cuando estamos atrapados por nuestras propias limitaciones de percepción? ¿Qué es un acto moral? Y una y otra vez, ¿cómo sigue la gente después de la terrible pérdida de un ser querido?”. Esta última pregunta desvela al mundo entero, pero lo cierto es que el arte siempre fue y será un gran salvoconducto para llenar (no rellenar) ese vacío.
La muerte de Paul Auster no fue repentina: se sabía que el cáncer le estaba jugando una mala pasada, esa extraña “música del azar” le había tocado a él, así como en su novela La música del azar (1980) el muro que Flower y Stone hacen construir a Jim Nashe y Jack Pozzi —uno que representa metafóricamente una línea entre la vida y la muerte— solo puede ser desarticulado con lo azaroso, una partida de póker. El muro ya lo había nombrado en sus primeros poemas: “Es un muro. Y el muro es muerte”, como escribió en Desapariciones (1975).
La realidad es que la obra de Auster, tan vasta y rica, puede hacer que cada lector interprete su propio recorte que lo lleve a este presente de dolor, de despedida, de reencuentro con su obra, lo que atenúa la pena y realza la literatura. Nosotros intentamos esbozar un panorama de lo que significaba leerlo en una nota con las claves para ello, trazando un camino, una forma, pero por supuesto que hay muchas. Dado que no podemos dejar de leer sus poemas en voz alta, ésa una gran manera de despedirlo, pues los poemas suelen ser el alma de un autor. En uno de ellos Auster ya nos anticipaba que toda vida consciente lleva a un final:
Escrutados por nadie
excepto los amados,
los márgenes ensayan
tu muerte, interpretando
la farsa de la desnudez, y las manos
de todos los demás
que habrán de verte, como si algún día
fueras a cantar para ellos y, en el silencio
más extenso del yunque, nombrarlos
como nombrarías este sol: una piedra,
azotada por el cielo.
Exhumación
1970-1972
No solo queda ahí esa manera de entender lo que significa para Paul Auster el devenir. En su novela Tombuctú (1998), una no tan conocida, escribió: “La vida no se compraba, y cuando uno se hallara a las puertas de la muerte, ni con todo el oro del mundo se libraría de cruzarlas”; “Parece que la confusión es mi estado natural. Incluso ahora, cuando entro en el valle de las sombras de la muerte, mis pensamientos se empantanan en la porquería de antaño”; “[…] si la muerte está en todas partes, ¿qué más da adónde vayas?”.
Se nos hiela la sangre de pensar que alguien pudiera tener una mirada tan precisa y que ahora nos sirve de consuelo a sus lectores. En todas sus obras podemos encontrar líneas maravillosas sobre lo que hoy padecemos los que seguimos con vida, pero no podríamos dejar de nombrar La trilogía de Nueva York (1985-1986), quizá la puerta de entrada principal de la mayoría de sus lectores, conformada por tres novelas que dejaron pasmados a todos por su solidez y por presentar una nueva forma de narrar: “La vida nos arrastra de muchas maneras que no podemos controlar y casi nada permanece con nosotros. Muere cuando nosotros morimos, y la muerte es algo que nos sucede todos los días”.
Hoy es el día, ahora es el momento de rendirle tributo y leer o releer a nuestro faro literario. Leerlo con una copa de nuestra bebida espirituosa favorita, dándole a cada línea de texto el valor que merece, pues cada palabra tiene algo de la esencia de su autor, ahí está presente, haciendo que nuestra vida, la de los lectores, sea más hermosa, porque las cosas suceden leyendo.


