La capacidad del mexicano para regodearse en el drama, reírse de su desgracia y enorgullecerse de sus excesos hasta alcanzar inesperados niveles de surrealismo que incluso le hicieran sentir celos al máximo representante de dicho concepto, Salvador Dalí, quien en cierta ocasión declaró que no soportaba que un país fuera aún más lejos que él en ese sentido, hoy prácticamente debería considerarse como una serie de delirantes superpoderes.
Se trata de insólitas habilidades que, para bien o para mal, definen mucho de nuestra identidad. Y es así como lo entiende Alberto Montt, artista que con su acostumbrada agudeza y cariñosa ironía hace víctima de su propio juego a la idiosincrasia y naturaleza de un país al que, sin tapujos, considera atinadamente la obra maestra del diablo, y es que solo a alguien así se le ocurriría nuestra extravagante y hasta ridícula cotidianeidad.
Para ello no podría ser más adecuado que el autor inicie por explicar la forma en que desde su infancia, en compañía de su abuela en su natal Ecuador, se vio influenciado por los programas y películas de nuestro país desde la segunda mitad del siglo pasado, lo cual no solo sirve para dejar en claro su fascinación por dichas producciones y validar su postulado en viñetas, sino para dar un ejemplo de cómo la cultura televisiva mexicana permeaba en el resto de Latinoamérica, al grado de que muchos de los niños tomaban de ella una enorme cantidad de términos coloquiales e incluso el tono con el que pronunciaban el español.
Pero esa es solo una divertida, interesante y nostálgica introducción, que además sirve para presentar al perspicaz y algo cínico personaje que Montt pone a cargo de desmenuzar, con ácida lucidez, cada uno de los rasgos que hacen de quienes transitamos por tierras aztecas la encarnación del absurdo, como bien ejemplifican figuras como el mismísimo Nicolás Zúñiga y Miranda, conocido como “el candidato perpetuo”, quien no se salva de aparecer en estas páginas.
Ante tanta riqueza culinaria, colorido sonoro y poética popular, apuntar a los excesos para hacer del masoquismo alimenticio y auditivo un estilo de vida que va y viene entre la satisfacción emocional y la adicción, y que convierten a las tiendas, los mercados, los puestos de comida y los diversos aparatos reproductores de música en proveedores de las herramientas para retorcer el estómago y el corazón, es algo que solo México le podría entregar al mundo. En ese sentido, hay que reconocer que nuestra locura por comer y dramatizar no tiene límites, como aquí se expresa claramente.
Y qué decir de la delirante habilidad del mexicano para “sin querer queriendo”, como dijeran en El Chavo del 8 —otro de esos fenómenos mediáticos que entregó la pantalla chica—, hacer suyo aquel “doble pensar” que planteaba George Orwell en su célebre novela 1984 como una forma de control social, generando una ridícula, a veces ingeniosa y constante negación que se alimenta tanto de sus inseguridades que fracasa en ocultar su actitud autodestructiva y su mustia vanidad, mientras que su muy particular percepción del tiempo normaliza la impuntualidad en un país que, cual si perteneciera a una impensable distopía, resulta tan maravilloso como delirante y sorprendente.
Todo esto y más es lo que Alberto Montt va diseccionando con base en preguntas que, al sustentarse en el sentido común, dan como resultado divertidas respuestas ilustradas en secuencias en las que el trazo de línea simple contrasta con la gestualidad deformada de los personajes proyectando una recalcitrante e irresistible humanidad, la cual nos lleva a reírnos una vez más de nosotros mismos y regodearnos de ello, pero también a reflexionar sobre puntos clave de nuestra naturaleza para afrontar verdades innegables de prácticas y costumbres que no por comunes tendrían que prevalecer.
Para cerrar, esta novela gráfica entrega una breve analogía con los pecados capitales, que además de aterrizar las ideas expuestas, le da sentido a lo que pudiera haberse quedado como un mero apunte. Mexico, la obra maestra del diablo es publicada por editorial Planeta junto con otros hilarantes títulos del también diseñador gráfico Alberto Montt, como Solo necesito un gato pero no es recíproco, Mitos y leyendas de los mundiales y la muy conveniente Ansiedad.



