En las fronteras del transhumanismo: los cyborgs pueden ser Animales difíciles

En las fronteras del transhumanismo: los cyborgs pueden ser Animales difíciles

Bruna Husky, la recia pero entrañable tecnohumana que protagoniza la serie policíaca de Rosa Montero (Madrid, 1951), vuelve al ruedo en Animales difíciles, la cuarta y última entrega de la saga policial ciberpunk (formada por las novelas Lágrimas en la lluvia, El peso del corazón y Los tiempos del odio) para desenredar la intrincada trama de un atentado terrorista que, a medida que la investigación avanza, va desplegando una variedad de pistas inciertas y falsas y de actores, que van desde una megacorporación especializada en Inteligencia Artificial, nanotecnología y robótica (un pulpo que también extiende sus tentáculos al sector sanitario y armamentístico), hasta un resonante grupo ciborradical, que levanta la bandera del orgullo cyborg y se empeña en construir “una nueva Humanidad, (…) organismos poderosos, longevos, libres de las debilidades, las dolencias, las necesidades, las confusiones, las heridas visibles e invisibles de los míseros humanos”; una curiosa droga (las pastillas azules) sugestivamente vinculada con las desapariciones de adolescentes marginales; un misterioso juego de realidad virtual llamado La puerta oscura y la pesquisa de Mircea, un periodista de poca monta, pero cuyos hallazgos documentales han sido barridos por un virus selectivo. 

Conforme cada capítulo avanza, la intriga se complejiza, y Rosa Montero se las ingenia para dotar a Bruna Husky de una claridad narrativa que permite orientarnos en un enigma policial que sirve de pasarela para un curioso desfile de animales difíciles: cyborgs, alienígenas refugiados debido a las guerras religiosas; los “conectados” (“los cons, la gente que va todo el tiempo con la diadema de electrodos pegada a la cabeza y permanece en línea con los ordenadores”); los “flops”, cerebros humanos conectados a ordenadores cuánticos en “un bosque de tubos metálicos, muy rectos y alineados, brillando con oscuros destellos cobrizos entre las sombras”; “reps de cálculo” (la propia Bruna Husky); los “reps de combate” (la que Bruna había sido en una vida anterior); y humanos que diluyen cada vez más la frontera con un transhumanismo que interpreta los implantes protésicos (o yendo aún más lejos, algo como la válvula de endorfinas que el archivero Yiannis se ha implantado en la amígdala) como un camino hacia una humanidad distinta, menos “natural” y más “tecno”. 

La organización ciborradical XXX homenajea en Animales difíciles a Neil Harbisson, artista de vanguardia y activista cyborg de la actualidad (la novela hace referencia a sucesos contemporáneos, que usa para tender los puentes hacia su futuro distópico), que se implantó ni más ni menos que una antena en la cabeza para poder percibir una gama más amplia de colores a través del sonido. Diagnosticado con daltonismo, Harbisson dio a los once años con un diagnóstico más preciso para su condición: debido a su acromatopsia, percibía la realidad en una escala de grises. Así que se inspiró en los animales para idear un injerto técnico que hiciera de su limitación una puerta hacia una ampliación de la percepción que lo situara en un territorio transhumano. Según Nick Bostrom, uno de sus creadores, el transhumanismo es un movimiento cultural, intelectual y científico que se propone mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana por medio de la tecnología. 

Animales difíciles explora esa compleja frontera entre lo humano y lo cyborg, lo natural y lo artificial, sin prejuicios ni posicionamientos morales unívocos, sino atendiendo a los nuevos debates inaugurados por la tecnificación de cada aspecto de nuestra cotidianeidad, de esta manera, Montero pone en escena los dilemas éticos que impone la velocidad de las transformaciones técnicas. “Soy un clon humano y fui gestada durante catorce meses en un tanque de cristal y acero. Frías paredes y líquido amniótico artificial, en vez de la cálida, estremecida y viscosa caverna carnal en la que se ha formado la Humanidad desde el principio de los tiempos. Madres. Qué extraño, qué extraordinario debe de ser saber que has salido del interior de un animal humano. De sus entrañas sangrientas. Es un conocimiento que a mí, hija de un tanque, me parece casi imposible de asumir”, dice Bruna Husky, inspirando empatía en los lectores hacia formas de vida totalmente nuevas, desconocidas sí, pero que podemos imaginar en un futuro no demasiado lejano. “Soy una rareza, un experimento. Un animal de laboratorio. Un animal difícil.” 

Animales difíciles explora esa compleja frontera entre lo humano y cyborg, lo natural y lo artificial.

Pero al igual que en Neuromante de William Gibson, novela precursora del género ciberpunk, subgénero de la ciencia ficción caracterizado por la manera en que los cambios tecnológicos (y en particular informáticos) terminan degradando la sociedad y la calidad de vida, en Animales difíciles predomina la visión pesimista de ese futuro tecnificado: horas de aire acondicionado contadas y escasas para el común de la gente, cuotas del agua también racionada y expresiones de rebeldía como la de los “todistas” (“o todos o ninguno” es el lema), que reivindican un acceso igualitario a todas las ventajas y lujos que la sociedad puede proporcionar en términos de bienestar, dando cuenta de hasta qué punto ha llegado la exacerbación de la desigualdad. 

Animales difíciles trabaja en clave profética. Cada rincón de la novela nos alerta acerca de la clase de peligros hacia los que nos encaminamos: lo mucho que una tecnología ciega, o manejada por el afán obtuso de las grandes corporaciones, podría degradar significativamente nuestras vidas. Lo hace también en el vistazo a una posible Madrid futura, arruinada por estos cambios: “Un kilómetro más allá estaba el agujero negro de los Nuevos Ministerios, una gigantesca y pesada mole de edificios oficiales construidos dos siglos atrás que, durante las Guerras Robóticas, sirvieron para alojar a los desplazados. A partir de entonces se fueron sumiendo en una ruina colosal y ahora era una de las zonas más peligrosas y marginales de Madrid”. Rosa Montero nos acerca con esta novela el horizonte de distopías de posguerra nuclear de la misma forma en que lo hace ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick, cuyos androides rebeldes encuentran a su vez algún paralelismo con los “replicantes” del film Blade Runner, y con los reps de combate y los reps de cálculo de Animales difíciles, esclavizados y liberados por las revueltas. 

Animales difíciles trabaja en clave profética. Cada rincón de la novela nos alerta acerca de la clase de peligros hacia los que nos encaminamos.

Una vez más, la desenvoltura periodística de la que Rosa Montero había hecho gala en novelas como La ridícula idea de no volver a verte y El peligro de estar cuerda le permite documentar con mucha claridad la oleada reaccionaria (en términos de género, climáticos, punitivos y de predominio de las grandes corporaciones por sobre los Estados en nombre de las libertad de mercado) de las últimas décadas, y establecer sus posibles derivaciones en un futuro no tan lejano. La posibilidad de “suprimir las leyes que controlan tanto el desarrollo de la IA en el marco de la derogación de cualquier regulación tecnológica” viene en Animales difíciles de la mano de la recuperación de ciertos “valores esenciales”: “el militarismo el belicismo, el patriotismo”. 

Animales difíciles, de Rosa Montero

Imagen de Rosa Montero

Rosa Montero

Estudió Periodismo y Psicología y trabajó para diversos medios de comunicación (Hermano Lobo, Posible, Fotogramas, etc.). Actualmente colabora en el diario El País. En 1978 ganó el Premio Mundo de entrevistas, en 1980 el Nacional de Periodismo y en 2005 obtuvo el Rodríguez Santamaría de Periodismo en reconocimiento a su trayectoria profesional. Recientemente se le ha otorgado el Doctorado Honoris Causa por la universidad de Puerto Rico. Es autora de las novelas Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983, Seix Barral), Amado amo (1988), Temblor (1990, Seix Barral), Bella y oscura (1993, Seix Barral), La hija del caníbal (1997, Premio Primavera), El corazón del tártaro (2001), La loca de la casa (2003, Premio Qué Leer al mejor libro del año en español y Premio Grinzane Cavour 2005 de literatura extranjera y), Historia del Rey Transparente (2005, Premio Qué Leer al mejor libro del año en español) e Instrucciones para salvar el mundo (2008). También es autora del libro de relatos Amantes y enemigos (1998), de las obras relacionadas con el periodismo España para ti para siempre (1976),Cinco años de país (1982), La vida desnuda (1994), Historias de mujeres (1995), Entrevistas (1996), Pasiones (1999), Estampas bostonianas y otros viajes (2002) y Lo mejor de Rosa Montero (2006), y de los libros infantiles El nido de los sueños (1991) y la serie protagonizada por Bárbara. Su obra está traducida a más de veinte idiomas.

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