Los libros de Fernando Aramburu ya pueden considerarse parte de la historia de la literatura española. Desde su primera novela, Fuegos con limón (1996), galardonada en 1997 con el Premio Ramón Gómez de la Serna, no ha dejado de coleccionar distinciones y también elogios de la crítica. Las instituciones, academias y editoriales que otorgan dichos reconocimientos y la crítica especializada coinciden en las virtudes de sus textos, entre ellas la cosmovisión que el autor tiene de los problemas vividos por las culturas españolas: la guerra civil y el exilio, la dictadura franquista, el posfranquismo y el terrorismo etarra.
Además de esto, el estilo del autor se ha mantenido constante. Hace una selección meticulosa de su lenguaje, algo que le permite acertar en la recreación del episodio histórico que elige para cada libro. Una vez que define dicho momento, lo convierte en la anécdota entretenida, traviesa y picaresca de un repertorio de «personajillos» con aspiraciones heroicas.
A partir de ahí cifra un entramado más profundo y dramático, derivado de tropiezos que en algunos casos pueden ser leídos con un humor teatral que refleja la (cruel) distancia irónica (o patética) y el desajuste entre las ilusiones de los personajes en cuestión y su realidad: sus protagonistas suelen ser personas que no llegan a moldear el carácter que les exige la cotidianidad mísera y frustrante, y el contexto sociocultural de violencia, guerra y revolución en el que viven.
En Fuegos con limón, por ejemplo, el joven universitario Hilario Goicoechea decide ser poeta; por propia convicción es el encargado de recopilar y narrar en primera persona las peripecias de un grupo de literatos aspiracionales y con ecos surrealistas que se hacen llamar «La Placa». En la convulsiva ciudad de San Sebastián de los años setenta, nuestro protagonista busca renombre en su gremio, tiene sueños de triunfo literario y pretende usar las palabras como arma ante cualquier batalla. Aramburu, con compasión, deja hablar a sus creaciones, que inventan nombres y fantasías.
Su más reciente novela, Hijos de la fábula (2023), es quizá la cereza del pastel en su constante interés por abordar historias sobre liberación. En esta dos jóvenes vascos, Asier y Joseba, son aprendices en una célula de la banda separatista ETA; viven aislados en una granja de pollos en el sur de Francia, no hablan ni una palabra de francés y están a la espera de instrucciones. Pero en plena vigilia, con la necesidad acuciante de entrar en acción, se enteran de que se ha firmado un tratado de paz, que se acaba la lucha armada. Estos dos chicos, obstinados y deseosos de poner a prueba su hombría, deciden entonces formar su propio ejército, aunque sin armas.
En Los peces de la amargura (2006) la columna vertebral, de nueva cuenta, son las vicisitudes de la población ante el accionar del ejército separatista vasco. Se trata de una serie de relatos cortos cuya intensidad los convierte en brutales y profundas historia: en ellas los personajes deambulan por las escenas intentando reivindicar la existencia misma, esforzándose por fortalecer los nudos sociales, creyendo que nada fue en vano al tiempo que todo lo es.
Esa intensidad se lee, se siente, se vive y sufre cuando leemos cada nuevo tomo de Fernando Aramburu. Su prosa tiene un estilo compacto, de hipérboles bien elegidas, con personajes concisos, reflexivos, pero al mismo tiempo intempestivos.
En ese sentido, en el primer cuento de Los peces de la amargura «la hija» sale en muletas del hospital luego de varios meses de estar internada. Llueve, hay viento, pero se le ha metido en la cabeza la idea de ir al mar, y en ese deseo encontramos una literaturidad más fuerte que en la misma acción; los personajes tienen siempre un punto de fuga que los hace reales, fácilmente evocativos. Este germen de lo intempestivo atraviesa todos los libros de Aramburu.
El desapego a una lucha —la de un absurdo supremacismo nacionalista que no es propio— y el ímpetu de la búsqueda de una identidad estaban ya en Patria (2016), la obra que catapultó a Aramburu a la gloria literaria y que le valió galardones como muy pocas han recibido, como el Premio Umbral a mejor novela del año en España y el Strega a la mejor novela del año en Europa.
Patria narra 30 años de conflicto a partir de la mirada de dos familias y transcurre desde mediados de los años ochenta en un pueblo industrial cercano a San Sebastián. La forma de narrar de Aramburu es desgarradora; todo comienza cuando a Txato, un empresario del transporte, se le pide que pague un «impuesto revolucionario» para apoyar a la causa separatista. Al no haber acuerdo, se ordena el asedio a la familia y el posterior asesinato de Txato. Entonces ocurre otro inicio: cuando se da el anuncio del abandono de la vía armada por parte de ETA en 2011, lo que lleva a Bittori, esposa del empresario asesinado, a volver al pueblo para reencontrarse con los fantasmas del pasado.
El conflicto social y la pérdida dan paso a otros temas y emociones: las maternidades, las amistades, la resignación. El resultado es tan brutal que despertó el interés de HBO por convertirla en serie de televisión, y que para sorpresa de los lectores —que solemos decepcionarnos con las adaptaciones audiovisuales de nuestros libros favoritos, no nos dejarás mentir— fue un fiel reflejo de esta gran obra.
Patria tuvo su versión gráfica y también serie de televisión con una megaproducción de HBO
Hagamos un aparte para hablar de Autorretrato sin mí (2018), y es que este es quizá un título disruptivo entre todos los de Fernando Aramburu. Inicialmente parece una autobiografía, pero con el pasar de las páginas se siente que no es solo eso, que hay algo más de trasfondo. La pregunta de la crítica y de los lectores estaba en el aire: ¿cómo continuar luego de un éxito tan rotundo como Patria? La respuesta está en la literatura misma, en el amor por la constante de escribir, y eso es Autorretrato sin mí.
Se trata de textos, fragmentos o cuentos que generan una sensibilidad alejada de tramas opulentas y más cercana a la belleza de lo humano. Para Aramburu significó un autorreconocimiento con la sinceridad a flor de piel, un libro que se siente introspectivo y emotivo, fragmentos de vida de un prestigiado autor que al final encajan con las vivencias de cualquier persona.
Luego vino Los vencejos (2021), quizá en el mismo camino de Autorretrato…, y cuyo planteamiento es profundamente humano, con personajes inolvidables que el lector extrañará como si transitara un duelo. Una novela en esencia más personal —sí, incluso más que Autorretrato sin mí—, con un impecable manejo del humor negro y tramas que remontan las propias historias y vínculos.
A la aniquilación, el fuego y el exterminio les sobrevivieron crónicas, cuentos, cartas, relatos, anécdotas y episodios, fragmentos que hacen que los libros de Fernando Aramburu sean un escaparate para comprender a un autor que se debate entre la trama lineal, la narrativa sin tapujos y un pensamiento asociado a una apología de la paz, siempre resignado a que la guerra existe y existió, pero dispuesto a mostrar el trasfondo de los dolores humanos a que lleva la violencia armada. España tuvo un siglo XX repleto de violencia, y quizá Aramburu y Almudena Grandes sean dos de los mejores autores que han mostrado ese costado desolador de la historia de su país.


