Los recuerdos y los pensamientos pueden desvanecerse con el paso del tiempo. Quizá su única forma de supervivencia sea a través de la palabra escrita. En México tenemos la fortuna de que varios acontecimientos de las últimas seis décadas hayan sido fijados por una pluma impecable. A modo de ensayos, novelas, notas periodísticas, crónicas o cuentos, Elena Poniatowska no ha dejado que nuestros hechos y personajes históricos (incluso los cotidianos) pasen al olvido.
Originaria de Francia, Poniatowska no solo aprendió español poco después de llegar a México, sino que paulatinamente se apropió del mexicano, ese lenguaje que no se repite en ningún otro lugar, que es místico y significativo para el ir y venir de los ríos de voces que dan música a las calles, y que Elena recorría y escuchaba. Con ese idioma comenzó a retratar a los actores de la vida cotidiana, los que vivimos, olvidamos y perpetuamos.
Así, Elena transforma todo lo que ve en letras que provocan cualquier emoción menos indiferencia. Su capacidad de observación, de escucha y de narración la convirtieron en la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Periodismo (1978), en la categoría de entrevista.
Quizá la clave del impacto de sus obras sea la perspectiva detallada, reflexiva y crítica que toma ante las situaciones que la rodean. Si bien su ascendencia es aristocrática, la voz y las letras de Poniatowska sirven al pueblo y a la defensa de los derechos humanos. No en balde desde el comienzo de su carrera periodística recibió el mote de “princesa roja”.
Ejemplos de ello hay muchos. Quizá el más recordado sea la reconstrucción que Poniatowska hizo de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968. La crónica La noche de Tlatelolco es tan precisa, sensible y estremecedora que se ha convertido en un clásico contemporáneo y también en un texto básico de la educación media superior en México. Por este trabajo le dieron el premio Xavier Villaurrutia (1971), que se negó a recibir; su argumento fue una pregunta: “¿Quién va a premiar a los muertos?”.
Pero los intereses sociales de Poniatowska no se quedan en la pluma y el papel. Su coherencia se transmite también en las marchas y mítines en que ha participado. “Hoy el cielo llora. Mañana la luna sangra en la tierra. 43 semillas crecen. Serán el sol de la justicia”, portó como consigna la escritora durante una manifestación para clamar justicia por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.
La observación social de Poniatowska no se limita a los hechos impresionantes, los de gran eco. Ella se filtra en la vida de personas cotidianas con grandes historias. Cómo olvidar a Jesusa Palancares, la mujer revolucionaria con la que abre Las indómitas —quien a su vez es protagonista de Hasta no verte Jesús mío— y que motiva a Poniatowska a escribir una de las reflexiones más bellas de este compendio:
“Mientras ella hablaba surgían las imágenes y me producían una gran alegría. Me sentía fuerte de todo lo que no he vivido. Llegaba a mi casa y les decía: «Saben, algo está naciendo en mí, algo nuevo que antes no existía», pero no contestaban nada. Yo les quería decir: «Tengo cada vez más fuerza, estoy creciendo, ahora sí, voy a ser una mujer». Lo que crecía o a lo mejor estaba allí desde hace años era el ser mexicana, el hacerme mexicana; sentir que México estaba dentro de mí y que era el mismo que el de la Jesusa y que con solo abrir la rendija entraría”.
Tampoco podemos ignorar su trabajo sobre la poeta y activista mexicana Gaby Brimmer, en un libro que lleva el mismo nombre que su protagonista. Elena Poniatowska, reconocida con el Premio Cervantes en 2013, se ha encargado de poner los reflectores en las historias de quienes ocupan un rol sigiloso en los documentos históricos o en la psique colectiva. Otro ejemplo es la biografía de su exesposo, Guillermo Haro, científico y creador de varios observatorios mexicanos.
Y si de mostrarnos personajes de mayor popularidad se trata, Poniatowska sabe cómo sorprendernos; no solo por contar aspectos pocas veces abordados en los medios, sino porque la autora los presenta como seres terrenales, llenos de complejidades y matices. Los desmitifica y los reconstruye a partir de la cotidianidad para provocar una admiración distinta, quizá más auténtica, lo que realiza con figuras como Rosario Castellanos, Marta Lamas y Rosario Ibarra, por dar otros ejemplos de Las indómitas, o de Álvaro Mutis en Encierro que arde, o Juan Soriano en Juan Soriano, niño de mil años. Claro que no podemos dejar de lado su Leonora, la novela que escribió a partir de las vivencias de Leonora Carrington y que le valió el Premio Biblioteca Breve, de la editorial Seix Barral, en 2011. O Tinísima, un ejercicio similar sobre Tina Modotti.
Todas sus narrativas se reconocen casi de inmediato. Te hacen partícipe del encuentro entre ella y sus entrevistados; entre ella y sus personajes; entre ella y el momento. ¿La clave? La ecuanimidad que Poniatowska demuestra y que usa para escuchar al entrevistado y su entorno. Es ahí donde da espacio al detalle. Porque todo habla, todo expresa, incluso el silencio.
Ni la matanza de Tlatelolco, ni el sismo del 85, ni las hazañas de Jesusa, ni la libertad de Leonora. Nada de esto se desvanecerá en el tiempo o la memoria. Por eso le debemos tanto a Poniatowska. Por eso queremos celebrar en grande su cumpleaños 90. Larga vida a la princesa roja.


