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Las intermitencias de un corazón extranjero en un terreno incapaz de ver florecer una historia de amor

Las intermitencias de un corazón extranjero en un terreno incapaz de ver florecer una historia de amor

Bien conocida es la leyenda oriental del “hilo rojo” del amor: “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse”, sin importar el tiempo transcurrido, las distancias o lo adverso de las circunstancias. En esta oportunidad, el escritor español Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), ganador de los premios Planeta (1991), González-Ruano (2003), Príncipe de Asturias de las Letras (2013), y miembro de la Real Academia Española y director del Instituto Cervantes en Nueva York (2004-2006), estará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2023 para presentar No te veré morir, su última novela que trata de los amores imposibles, de los amores truncos que han quedado a medio camino, o bien, de los amores destinados a (re)encontrarse. 

El crítico Edward Said (1935-2003) plantea a grandes rasgos en su primer libro, Comienzos (1979), que frente a la parálisis un crítico-lector debe partir de teorizar sobre los inicios literarios. El libro de Muñoz Molina, pues, abre con una sentencia desde su título, No te veré morir: los últimos versos de “Ya no”, que la poeta uruguaya Idea Vilariño escribió en 1958, al romper su vínculo con el también escritor uruguayo Juan Carlos Onetti: “No volveré a tocarte / No te veré morir”  —Manuel Vilas en Alegría, novela que ya reseñamos en Sucede Leyendo, escribe que este poema debe ser leído como “una narración en prosa”, porque “allí se cuenta una historia”—. Y de esta forma Muñoz Molina direcciona su escritura para romper con el sentimiento paralizado de un amor de juventud que ha quedado trunco por las adversidades de la vida y el oscuro pasado sociopolítico de España a mediados del siglo XX, para firmar el devenir de la trama y completar la historia de un reencuentro, en la tercera edad, de un amor que persiste leal y obstinado, que desafía el tiempo y revoca, por unos instantes, la tan idealizada juventud.

No te veré morir es una historia de amor de larga distancia en la dimensión espacio-tiempo.

No te veré morir es una historia de amor de larga distancia en la dimensión espacio-tiempo, que comienza en la década de 1960, en Madrid, cuando Gabriel Aristu y Adriana Zuber se conocen a los diecisiete años y construyen un vínculo íntimo que pareciera estar destinado a durar para siempre. Sin embargo, el 16 de mayo de 1967 dejan de frecuentarse, ya que Gabriel huye de la dictadura franquista a EE. UU., empujado por su padre, quien sufrió torturas durante la Guerra Civil. Cuarenta y siete años después, Gabriel, ya como un exitoso abogado financiero que dirige un banco y casado con Constance, se reencuentra con Adriana, quien aún vive bajo las comodidades de su casa en Salamanca y, tras desempeñarse como profesora de artes plásticas, transita postrada una enfermedad terminal junto a la compañía de Fanny. Esta reunión es registrada por Julio Máiquez, un amigo de Gabriel y profesor español de Historia del Arte en Norteamérica, a quien “Hace treinta años su mujer lo dejó sin darle ninguna explicación y no se ha recuperado nunca”, y que toma el rol de escribano, notario de las confidencias de Aristu sobre este encuentro.  

No te veré morir retoma aquello que Muñoz Molina ya había trabajado en Volver a dónde, un panorama sobre la España actual a través del registro personal y testimonial sobre sus días durante la pandemia de Covid-19, y un diario que es puntapié para evocar recuerdos íntimos de parte de su familia: el poder de la memoria y un tiempo pasado que ya no se puede recuperar idéntico, que debe ser juntado de a pedazos, con paciencia de rompecabezas. 

El autor pliega, extiende y entremezcla de forma íntima el pasado, el presente y el futuro en un engranaje de encuentros y desencuentros. A través de su estructura y de distintos narradores, un coro polifónico de voces y perspectivas, logra una fluidez musical propia de un poeta. No te veré morir está dividida en cuatro partes. La primera es un pensamiento narrado en un extenso y único párrafo de sesenta y dos páginas sin un solo punto. El texto se mantiene firme en esta idea —¿capricho?— de mantener una sola larga y extensa oración, que en un principio puede impacientar al lector, generarle ansiedad, necesidad de respirar, o sumergirlo en el conflicto interno, un fluir de conciencia focalizado en Gabriel, aun ayudado por los cortes que el editor o el autor decidió agregar para facilitar la lectura. La segunda y cuarta secciones son de tinte más objetivo, contadas por un narrador externo, Julio Máiquez. La tercera parte narra en tercera persona el reencuentro de los amantes —ahora en la vejez—, y la historia se convierte en un túnel que rememora el extrañamiento de una vida lejos de la casa natal desde un narrador externo que muestra los rasgos de personalidad (o lo que resta de ella) de la antigua pareja. 

Ya se lo dijo Wong Kar-Wai a sus cinéfilos en 2046, la secuela de Deseando amar, que va sobre la búsqueda de un amor inmaculado, no consumado, un vínculo congelado en el tiempo: “El amor es todo una cuestión de tiempo. No es bueno conocer a la persona adecuada demasiado pronto o demasiado tarde”. El amor es un sentimiento indócil para el tiempo, pero también, en el caso de Gabriel y Adriana, un problema de sincronía; la nostalgia del reencuentro, de un corazón.

En No te veré morir el adverbio de tiempo ya, que es la voz cantante en el verso de Idea Vilariño citado en el título, se reversiona y es resignificado como un desafío de dos ancianos, con una biografía a sus espaldas, ante las puertas del destino.

El ya citado Said, en su estudio sobre los comienzos, también remarcaba que allí se encontraba el punto de arranque de la política en la literatura, entre las idiosincrasias del autor y la comprensión de la comunidad lectora; y en Muñoz Molina hay una pedagogía que funciona en esa dirección: No te veré morir narra las fuerzas que traccionan un sentimiento amoroso, que no solo está constituido por el paso de los años, de los tiempos del corazón, sino por las fuerzas históricas, el miedo, la incertidumbre, el éxito profesional, las pasiones, la pregunta sobre irse a América o quedarse en España, sobre el europeísmo o el americanismo, sobre la decadencia o el progreso. Así, la novela de Muñoz Molina es un himno a la España que fue y que, en épocas oscuras de violencia, sangre y autoritarismos, dejó la memoria aturdida y corrosiva; una España que fue terreno infértil, incapaz de ver florecer una historia de amor entre estos protagonistas, y cuyo baúl de recuerdos aún espera a ser desempolvado por el último soplo de vida.

No te veré morir, de Antonio Muñóz Molina

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Cursó estudios de periodismo en Madrid y se licenció en historia del arte en la Universidad de Granada. Ha reunido sus artículos, reconocidos en 2003 con los premios González-Ruano de Periodismo y Mariano de Cavia, en volúmenes como El Robinson urbano (1984; Seix Barral, 1993 y 2003). Su obra narrativa comprende Beatus Ille (Seix Barral, 1986 y 1999), El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987 y 1999), que recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, ambos en 1988, Beltenebros (Seix Barral, 1989 y 1999), El jinete polaco (1991; Seix Barral, 2002), que ganó el Premio Planeta en 1991 y nuevamente el Premio Nacional de Literatura en 1992, Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992 y 1999), El dueño del secreto (1994), Nada del otro mundo (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997), Carlota Fainberg (2000), En ausencia de Blanca (2001),Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004), El viento de la Luna (Seix Barral, 2006) y Sefarad (2001; Seix Barral, 2009). Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Nueva York y está casado con la escritora Elvira Lindo.

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