Escribo, luego soy: testimonios LGBTIQA+

Escribo, luego soy: testimonios LGBTIQA+

El 28 de junio se celebra el Día Internacional del Orgullo LGBTIQA+ para recordar la revuelta de Stonewall de 1969, un levantamiento reaccionario contra una redada de la policía en un bar gay de Nueva York. Apenas unos años después en México, la escritora y periodista Nancy Cardenas (1934-1994), la primera mujer en proclamarse lesbiana en los medios, fundó el Frente de Liberación Homosexual en 1971 y encabezó la primera Marcha del Orgullo, durante la marcha conmemorativa de la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1978. Ahora y siempre es momento para que los testimonios LGBTIQA+, compuestos por escrituras del yo (memorias, cartas, crónicas, diarios), inviten al lector a pensar sobre los modos de leer y las formas de evocarse y subjetivarse en o desde la literatura. 

La escritora argentina Victoria Ocampo (1890-1979) evidencia uno de los testimonios LGBTIQA+ más valiosos que nos ha dejado la literatura: esa fascinación y admiración del encuentro tête à tête que la escritora inglesa bisexual Virginia Woolf (1882-1941) –quien con su “rostro maravilloso” exige para la mujer la intimidad de “un cuarto propio”– despierta en Ocampo, y tracciona en ella un deseo de (re)escritura bajo una forma otra de expresión diferencial y disidente, ante el discurso heteropatriarcal del varón. 

Sí, en estos testimonios LGBTIQA+ se ponen en juego los placeres, los afectos, las políticas sobre el cuerpo y el desafío de pensar las relaciones sexo-genéricas en la literatura. Entre las fogosas y eróticas cartas de amor, Virginia Woolf le hace saber a su amante, la escritora y aristócrata bisexual Vita Sackville West (quien se travestía y algunos días era Julián), que será la musa inspiradora para componer Orlando. Una autobiografía (1928), un hito de la literatura europea por incluir a un personaje transgénero en un texto firmado por una mujer.

En estos testimonios LGBTIQA+ se ponen en juego los placeres, los afectos, las políticas sobre el cuerpo y el desafío de pensar las relaciones sexo-genéricas en la literatura.

Se trata, entonces, de dar rienda suelta a la ley del deseo. Entre lo kitsch de Almodóvar y la crudeza de Las malas (2023) de Camila Sosa Villada, así es el camino de autodescubrimiento que emprende la madrileña Alana Portero (1978) en La mala costumbre. La ópera prima, éxito en la Feria del Libro de Frankfurt 2022 y traducido a más de ocho idiomas, es un testimonio LGBTIQA+ que si bien podría ser en su totalidad feroz y desgarrador, despliega la frescura de una novela de aprendizaje sobre el cuerpo de un niño que busca ser pincelado, por escenas de profundo lirismo y ternura, en una mujer: “Para mí, pequeña travesti de incógnito en un barrio obrero (…) contemplar a Boy George en toda su alegre feminidad o a Prince en medias de rejilla era como ver luciérnagas en una cueva negra y húmeda”. 

La mala costumbre traza el recorrido por la infancia y adolescencia de la protagonista durante las últimas dos décadas del siglo XX en el barrio obrero de San Blas, venido a menos durante la transición democrática. Así, rodeada de yonquis, divas pop, prostitutas y ángeles caídos por la heroína, la protagonista irá en busca de su propia genealogía en el barrio de día como en la noche clandestina madrileña de los noventa, en los márgenes, y lo hallará en un grupo de mujeres –como Margarita y la Peluca–: “Que una acabará siendo mujer lo descubre a través de los ejemplos que tiene cerca, de la sed de referentes”. Este testimonio LGBTIQA+ de una niña trans que, incluso frente a una madre que “en lugar de un hijo torero parió una hija trans que nunca llegó a comprarle un chalet”, descubre, bajo la premisa de que “Todas las niñas trans crecemos solas”, necesita encontrar nuevas interlocutoras que le permitan escribir(se) en su misma lengua. 

Y si quien debiera haber sido torero, adquiere La mala costumbre de llorar, en Lemebel el torero tiene miedo. En Adiós mariquita linda el chileno, artista pionero queer, Pedro Lemebel (1952-2015) –otro testimonio LGBTIQA+ es la película documental Lemebel (2019)– escribe una crónica testimonial, género intermedio entre la literatura y el periodismo. El texto reúne treinta y tres crónicas, divididas en ocho secciones por donde se inscribe la autoficción de un sujeto personalísimo que, por momentos, en primera persona es un él y, en otros, “la loca”. 

En Adiós mariquita linda los amoríos, la libertad sexual y la escritura van de la mano y, junto con el deseo, la animalidad suelta y la civilización que reprime y doméstica, o bien el nomadismo barrial en “El gay town de Santiago”, la crónica más autobiográfica que relata cómo tras la muerte de su madre Lemebel se muda de su barrio de bloque marginal “que nunca me quiso, nunca me soportó” al barrio de Bella Vista  “columna vertebral del gay town santiaguino”. En “Pájaros que besan”, la primera sección del libro, está compuesta por cinco relatos de jóvenes de los suburbios de clase obrera  –como “El Wilson”– que, así como los jóvenes partisanos comunistas de Pasolini, Lemebel  –escritor consagrado y de prestigio sociocultural y mediático–, recoge de la calle y convierte en amante en un mutualismo estimulante para su escritura. 

Pero Adiós mariquita linda es también el testimonio LGBTIQA+ archivístico del autor. La sección “Bésame otra vez forastero” contiene fotos, dibujos, manuscritos de crónicas que trazan una cartografía de personas, lugares, amistades y amores variada y cosmopolita, y cuatro cartas de amor a su amado Ángel. Por supuesto aparece la política que distribuye el sentido sobre los cuerpos, tal como en “Volando en el ala derecha” el guardaespaldas de una mujer que trabajaba para Pinochet le grita a Lemebel en el aeropuerto: “no te pego porque tienes sida” a lo que él responde “Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato”. 

“Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato”.

En esa revuelta escandalizadora, hiperbólica e irreverente de Lemebel, Antes que anochezca es la autobiografía que escribe el poeta y escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990), ya en fase terminal de SIDA y días antes de suicidarse en Nueva York –epicentro de la epidemia de HIV/SIDA entre los 80 y 90–. Así decide dar a luz sus memorias que comienza a escribir apurado antes de que anochezca en el bosque donde estaba prófugo, hasta los últimos audios –Arenas sufría dolencias para escribir– que son mecanografiados por su amigo Antonio Valle. Para Arenas,  escribir(se) “era un consuelo (…) era un modo de quedarme entre mis amigos cuando ya no estuviera entre ellos”.  

Antes que anochezca, publicada por primera vez en 1992, es un testimonio LGBTIQA+ implacable: “Yo pensaba morirme en el invierno de 1987. Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles. Consulté a un médico y el diagnóstico fue SIDA” es el azote inicial con el que sentencia su vida. A partir de allí, Arenas-narrador relata sus orígenes pobres pero alegres en el campo junto a su abuela como “el momento más literario de toda mi vida”; sus épocas de estudiante “en aquella escuela desbordada de una virilidad militante” donde “no parecía haber espacio para el homosexualismo que, ya desde entonces, era severamente castigado con la expulsión y hasta con el encarcelamiento”; su tiempo en prisión e intentos de fugarse de Cuba para exiliarse, finalmente, en EE. UU. 

Pero, a su vez, relata sus amoríos, las tertulias de escritura clandestina con Lezama y Virgilio, y de la persecución política por ser escritor, homosexual y disidente. Antes que anochezca es un testimonio valioso que denuncia los horrores vividos en Cuba bajo el régimen castrista. En su carta de despedida, Arenas afirmó que el único culpable de su muerte fue el Gobierno de Castro y dejó un último deseo: “Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza (…) Cuba será libre. Yo ya lo soy”. 

Bajo la noche madrileña de los noventa, en la noche santiagueña, o en la penumbra del bosque o la cárcel, y mediante las formas del testimonio LGBTIQA+, Potrero, Lemebel y Arenas buscan alzar su voz bajo una certeza: la escritura del cuerpo, el diseño de la propia piel que desean habitar o transitar es el salvoconducto para salir de la clandestinidad, motivo si no central que se celebra en cada Marcha del Orgullo, tanto en lo público de la ciudad como en la intimidad de los dedos que entraman el texto de sí.  

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