En Sucede Leyendo reseñamos hace muy poco la hermosa novela póstuma Dientes de león, de Yasunari Kawabata (Osaka, 1899-1972), en la cual la madre de una joven que sufre una extraña enfermedad mantiene una charla filosófica con el pretendiente de su hija. En este diálogo, la narración se desliza de modo que lo que se cuenta pareciera ser solo una treta para desenredar las formas de contarlo, una manera de buscar el momento justo para narrar. Pues bien: esa pregunta es un eco que se repite como cosmovisión en la literatura oriental.
¿Cuál es el momento justo para contar una historia? Desde pequeños nos acostumbramos a que las historias se cuentan en la cama, antes de dormir, pero antaño la narración oral se asoció al fuego, a la ronda, a la comunidad que transmitía su sabiduría de generación en generación y de boca en boca, enseñando y sumando la propia visión del mundo del narrador. En el caso de la literatura oriental los motivos de las narraciones son variados y determinantes en diferentes situaciones, por ejemplo, Las mil y una noches, la compilación de relatos anónimos de la tradición árabe, es una verdadera joya de la narrativa mundial, en la cual Sherezada cautiva al lector a través de una serie de relatos encantadores y exóticos sobre las aventuras de los genios, princesas, marinos, ladrones, de la misma manera que cautiva al rey dispuesto a cortarle la cabeza a quien fuera su nueva esposa. Sherezada, contando mil y una historias, salva a un pueblo que se está quedando sin mujeres para traerle paz a través del encantamiento de la palabra. El momento justo de narrar era la noche antes de ser asesinada, sus historias la mantenían viva. No cabe duda, el mensaje es claro: la literatura es fuente de vida.
La literatura es fuente de vida.
Sherezada abre nuevas visiones de mundo a partir de la imaginación, la audacia y la intuición. La literatura oriental es una muestra de ello, porque de la mano de la cultura y la imaginación de Oriente se invita a los lectores a explorar nuevos horizontes y descubrir la belleza y la profundidad de su tradición. Esta literatura le otorga a Occidente una visión sobre ese lugar del mundo, a la vez que una misión: encontrar lo bello en cada rincón, por ejemplo, incluso en una fórmula matemática, como ocurre en la obra de Yoko Ogawa (Okayama, 1962), la autora japonesa de La policía de la memoria (2021). En su novela La fórmula preferida del profesor (2008) atiende y profundiza en las necesidades de un matemático que pierde la autonomía de la memoria salvo para su conocimiento de las matemáticas, por lo que debe acordarse de las cosas realizando anotaciones en post-its y recibir la ayuda de la narradora, una asistenta que, junto a su hijo, intentará transmitirle el saber de los días, para así generar un haikú lleno de vida, optimismo y humanidad ante la adversidad.
Otra autora contemporánea oriental, Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) —el mejor nombre de la literatura universal—, en los seis relatos que componen Lagartija (2017) asocia traumas y recuerdos, que oscilan entre la fantasía, lo onírico y lo real para construir y descifrar el sentido de la vida en el Japón contemporáneo, donde el aislamiento de los días hace a la sociedad más individualista y protectora de sí misma. No hace falta ir muy lejos para encontrar una joya contemporánea del cine asociada a estos temas: la última película de Wim Wenders, Perfect Days (2024), muestra esa cosmogonía japonesa a partir de la narración poética de un limpiador de baños en Tokio, que encuentra la belleza en las cosas pequeñas de la vida y, con una historia aparentemente simple y rutinaria, nos remite al dolor, el amor y un lirismo en el komorebi, es decir, “los rayos de sol que se filtran entre las hojas de los árboles”.
Para concluir esta nota sobre literatura oriental podríamos hacer un viaje hasta la emotiva novela de Kenizé Mourad (París, 1939), ya lejos de Japón, pero aún inmersos en la cultura de Oriente. La autora francesa de origen turco-indio en su obra cúlmine, De parte de la princesa muerta (1987), novela histórica de 600 páginas, nos lleva al corazón del Imperio Otomano para narrar y revivir a su madre, reconstruir su historia y las tradiciones desde el exilio, todo a través de una autoficción encarnada en una princesa olvidada en una época en la que las luchas cruentas también eran luchas individuales para que una mujer encontrara su lugar en un mundo dominado por las tradiciones ancestrales. Otra Sherezada buscando sobrevivir a la violencia masculina.
Las historias salvan y son fuente de vida, la literatura oriental es una forma de encontrarnos con ella y con la posibilidad de persuadir, de resistir al destierro, al exilio, a la muerte, a la amnesia, siempre con la belleza en las palabras que nos hacen sumergirnos en lo que tanto amamos, todo lo que nos sucede leyendo.