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Se pueden decir muchas cosas sobre La anomalía, la gran novela de Hervé Le Tellier: que ganó el Premio Goncourt (el más prestigioso de la lengua francesa); que trata de filosofía, ciencia ficción, psicología; que da una panorama de los beneficios y contradicciones de la globalización; que se sumerge en las maneras más extrañas de los conocimientos científicos y religiosos; que el autor, además de manejar un gran caudal de destreza narrativa, es matemático. Pero lo más hermoso, lo más placentero, es que al terminar de leerla podemos concluir que, según La anomalía, de ahora en adelante, uno más uno es igual a tres.

In your face Stephen Hawking!

La anomalía es un juego literario atrapante que convierte una idea sencilla en una historia disruptiva, que nos llena de inquietudes: ¿qué haríamos si nos enfrentáramos a nuestro doble? ¿Qué haríamos si nuestro doble llegase en el mismo avión en que nosotros arribamos meses antes a la ciudad en donde nos encontramos? La respuesta es imposible de describir. Vivir el momento, de eso también trata La anomalía: “No pongo fin a mi existencia, doy vida a la inmortalidad”.

“Nadie vive lo suficiente para saber hasta qué punto es cierto que nadie se preocupa por nadie”

Nuestro doble no solo sería un humano parecido, sino un clon tan real que incluso tendría nuestros recuerdos y conocimientos. A un grado tal que incluso el otro pensaría que nosotros somos el otro. Una vuelta de tuerca por el miedo mayor: dejar de existir como seres únicos.

La anomalía cuenta la historia de un error, quizá en el universo, una copia accidental —o no— de la existencia, un desperfecto del tiempo, algo que ocurre sin saber qué o cómo. Pues en palabras del autor: “Toda certeza aniquila la inteligencia”.

En la Sala Oval de la Casa Blanca se reúnen —llamados de urgencia y traídos a su desgana— científicos, matemáticos, físicos, los Einstein del momento. Todos quieren entender qué ocurrió con el vuelo de Air France que despegó en marzo de 2011 desde el aeropuerto Charles de Gaulle, en París, con destino a las pistas de La Guardia, Nueva York, y que tres meses después volvió a aparecer en el cielo con los mismos tripulantes y pasajeros. La respuesta es matemática pura y al mismo tiempo sorprendente; es un plot de La anomalía que nos atrapa de manera anómala. 

“Toda certeza aniquila la inteligencia”

Tan profundo es el desconocimiento que se necesita un protocolo de la CIA, uno mejorado luego de los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001, cuando las rigurosas metodologías no funcionaron en tiempo y forma. Este gran error es el punto de ataque de La anomalía, y cuando parece que la historia se trata de algo, Hervé Le Tellier nos lleva por otro lado. 

“Matar no es una vocación, es una inclinación. Un estado de ánimo, si se quiere”.

Al mismo tiempo, a Hervé Le Tellier le sobra pluma para criticar al mundo literario francés: “le parece un tren grotesco en el que unos listillos sin billete se cuelan”. 

El transcurrir de la novela es práctico y, al mismo tiempo, no se llega a comprender hacia dónde intenta llevarnos Le Tellier con La anomalía. Pero es un libro que se lee con placer, porque los personajes tienen profundidad, vida —mucha—, y el autor los pone a prueba con problemas, con dudas existenciales, justamente por eso, porque cuando se hace clic, cuando la novela comienza a mostrar las cartas, nos deja anonadados: “La desilusión es lo contrario al fracaso”.  

¿Cómo es posible lo imposible? Los científicos llegan a una conclusión que por momentos resulta demasiado sencilla. Quizá lo sea, quizá. Para descubrirlo hay que llegar al final de La anomalía y entender lo más simple de todo: estamos destinados a desaparecer. “No pongo vida a mi existencia, doy vida a la inmortalidad”.

La anomalía, de Hervé Le Tellier

Hervé Le Tellier

Hervé Le Tellier

Es escritor, editor, matemático y un reconocido crítico literario. Ha colaborado con numerosos medios escritos y radiofónicos, entre ellos Le Monde y France Culture, y es considerado como uno de los autores más prestigiosos del panorama francés actual con una extensa obra que combina poesía, obras de teatro, novelas y relatos. Ha sido editor de autores como Raymond Queneau o Georges Perec. Desde 1992 es miembro del grupo de experimentación narrativa de vanguardia Oulipo.