¿Qué hubiera sucedido si Blancanieves hubiese tenido amigas?

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¿Qué hubiera sucedido si Blancanieves hubiese tenido amigas?

¿Qué hubiera sucedido si Blancanieves hubiese tenido una amiga? Humana; ni árbol ni animal del bosque. Mujer; ni un enanito minero ni siete empleadores de casa particular.

¿Qué marco de referencia habrían tenido generaciones enteras de mujeres si Blancanieves (en su versión tradicional, no las variantes modernas de la literatura y la filmografía de los últimos años) hubiera tenido una sola amiga que la abrazara cuando cayera en el bosque del pánico, huyendo del cazador que casi le arranca el corazón con una daga? La respuesta a esta pregunta no la tiene la pluma de los Grimm (hermanos, colegas) sino la de Siri Hustvedt en El verano sin hombres.

Mia, la protagonista de El verano sin hombres, se recuerda a sí misma en una breve internación psiquiátrica haciendo anagramas con su propio nombre: I am, I am Mia. Juegos de palabras en medio de un brote después de que su marido le pidiera una pausa. En este proceso Mia, tiene que aferrarse al mástil de recordar quién es antes de terminar de caer a las aguas de la demencia por completo.

¿Qué marco de referencia habrían tenido generaciones enteras de mujeres si Blancanieves hubiera tenido una sola amiga que la abrazara cuando cayera en el bosque del pánico?

Pero ¿quién es Mia? ¿Quién es esta mujer que teme cumplir cincuenta años y caer en el olvido, aunque se sepa más inteligente que todos los demás? Sabemos quién ya no es: la fiel esposa de Boris, el neurocientífico. Pero qué injusto sería definirla por sus contornos, por sus espacios negativos o por la ausencia del hombre que casi le arranca el corazón y un buen fragmento cerebral.

Mia descubre que las personas también son lugares, y se descubre mientras ocupa nuevos espacios entre el grupo de viudas que conforma, entre otras mujeres, su anciana madre: un sitio donde aprende del conocimiento de ellas, que ya han pasado por mucho su tan temida barrera de los cincuenta años y que se transforman en cinco cisnes que le comparten su sabiduría. Ocupa un lugar en Daisy, su hija adolescente. Encuentra un lugar en su taller literario para jovencitas, en el que se sienta por las tardes, en la cabecera de la mesa, cual sombrerera (una de sus alumnas se llama Alice, ¿casualidad?), enseñando escritura y aprendiendo de ellas. Halla un lugar en su vecina Lola, madre de dos, que una vez dormidos los niños, la invita a descubrir la camaradería mientras se emborrachan bebiendo vino y comiendo quiche. 

Una palabra que quiere decir hermandad y solidaridad entre mujeres. ¿No es acaso ese el significado de pasar El verano sin hombres?

Quizá en 2011, año en que se publicó por primera El verano sin hombres, la palabra más adecuada para nombrar este vínculo de posibles nuevas amigas que sucede entre Mia y Lola era camaradería, una palabra que se acerca más al campo léxico del compañerismo, de las relaciones laborales y, por qué no, del mundo de los hombres. Hoy, haciendo una revisión del texto, y sin ánimos de caer en una injusticia, quizá la palabra que mejor describa el vínculo que se forma en aquella borrachera, en la cual las vecinas comparten historias, risas y miserias, sea sororidad. Una palabra que quiere decir hermandad y solidaridad entre mujeres. ¿No es acaso ese el significado de pasar El verano sin hombres?

Mia descubre que existe una posibilidad que no conocía hasta que Boris decide perseguir su deseo con la joven y francesa pausa (la impronunciable, con quien la tensión no permite extender lazo sororo alguno). Esta posibilidad de tejido de red afectiva, que su madre ya había fortalecido primero junto a los otros cuatro cisnes y que sus alumnas aprenderán en la práctica de la escritura literaria, conforma redes de cuidado y colaboración mutua entre mujeres que no eran tan claramente nombrables en 2011, pero de las que Siri Hustvedt ya nos advertía. 

Lazos entre mujeres de todas las edades, sin competencias. Ni las viejas temiendo a las jóvenes, como la madrastra de la sin amigas Blancanieves, ni las adolescentes peleando entre ellas, como las hermanastras malvadas de Cenicienta, ni las jóvenes negando el paso a la madurez. El verano sin hombres responde por qué las mujeres van juntas y tardan tanto en el baño: porque se hacen amigas, porque se sostienen las cosas, porque entre ellas se cuidan.

El verano sin hombres, de Siri Hustvedt

Siri Hustvedt

Siri Hustvedt

Nació en Minnesota en 1955. Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Columbia, es una aclamada autora de novelas y ensayos: Leer para ti (1982); Los ojos vendados (1992), por el que obtuvo el Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de Berlín por su adaptación cinematográfica; El hechizo de Lily Dahl (1996); En lontananza (1998); Todo cuanto amé (2003), ganadora del Premio de Libreros del Quebec y Premio Femina Étranger, finalista del Premi Llibreter y del Waterstones Literary Fiction Award; Una súplica para Eros (2005); Los misterios del rectángulo (2005); Elegía para un americano (2008); La mujer temblorosa o la historia de mis nervios (2009); Ocho viajes con Simbad: palabra e imagen (2011); El verano sin hombres (2011), finalista del Premio Femina Étranger; Vivir, pensar, mirar (2012) y El mundo deslumbrante (2014), ganadora del premio al mejor libro de no ficción de Los Angeles Times, finalista del Dublin Literary Award y seleccionada para el Premio Booker. En 2012 recibió el Gabarron International Award de pensamiento y humanidades y, en 2014, fue nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Oslo. Doctora y conferenciante sobre temas de psiquiatría en la Facultad de Medicina Weill Cornell de Nueva York, colabora regularmente como columnista en The New York Times y Psychology Today. Publicó en 2020 El verano sin hombres bajo en sello Seix Barral.