Un apóstol del amor

Tolstói ha muerto. Y no es un spoiler. Nos referimos al título de un thriller acerca de un final ya concebido: el fallecimiento del famoso novelista ruso. Con pleno conocimiento de que tal punto climático se revelaría desde el nombre de su novela, Vladimir Pozner hace de Tolstói ha muerto (1935) una historia tan interesante como la sucesión de hechos desopilantes que ocurren en torno al protagonista, a su deceso, a la historia de amor.

Empecemos por entender que, cuando inicia esta novela, Lev Tolstói es un octogenario que tiene tanta fama en Rusia como la que hoy ostenta Messi en el mundo: el escritor es una estrella de rock al estilo Mick Jagger, reconocido y amado como Brad Pitt y, sobre todo, tan peligroso para el gobierno ruso como Kim Dotcom o Julian Assange, ya que Tolstói tiene el poder de generar en torno a él un movimiento popular que podría derrocar a cualquier gobierno.

Pero la punta de lanza de Tolstói no ha muerto no tiene que ver con política, fama o literatura. El protagonista lo que quiere es estar solo, divorciarse, pero no puede. Entonces, acompañado por su hija, emprende un viaje con una excusa noble, y deja una carta a Sofía Andréyevna Tolstáya, su esposa, también afamada escritora, explicando el motivo de su partida.

Y todo va bien. Tolstói y su hija se montan a un tren y emprenden el viaje de incógnito. Pero cuando el convoy llega a Astápovo, un pequeño paraje en medio de la inmensidad de la estepa rusa, Tolstói se enferma y por recomendación de su médico personal, padre e hija descienden. A partir de este punto, la historia de un escape matrimonial se torna inabarcable para todos los actores. El jefe de la estación lo refugia en su hogar y el telégrafo explota de mensajes, uno tras otro, de ida y vuelta desde todos los puntos cardinales. “Todos conocen Moscú, Petersburgo, Kiev, Odessa… Cierto día gris de noviembre, el mundo entero va a saber de la existencia de Astápovo.”

Una novela híbrida que mezcla investigación periodística, narrativa pura y recortes de fragmentos. Lo más interesante es que el autor de Tolstói ha muerto, Vladimir Pozner, retoma los mensajes reales, archivados, que se enviaron por telégrafo en el momento en que ocurre la historia.

“Tolstói se encuentra en la estación de Astápovo desde el 31 de octubre. Cogió frío en el trayecto y se sintió tan mal que, por consejo del doctor Makovický y de su hija Alexandra Lvovna, tuvo que bajarse en Astápovo e instalarse en la vivienda del jefe de estación Ozolin.”

Los capítulos se intercalan. Están los denominados “Drama”, en los que se narra el minuto a minuto de la situación, del avance de la enfermedad, de los conflictos de toda Rusia con la llegada y estadía de Tolstói en la casa del jefe de la estación del pueblito, Astápovo. Y luego están los titulados “Historia de un matrimonio”, que podría reconocerse como un rompecabezas diseñado por un periodista obsesivo, un estilo que luego retomará David Markson en su psicótico libro La soledad del lector.

Las citas que arman la “Historia de un matrimonio”, en este caso el de Tolstói y Tolstáya, están conformadas con recortes de los mismos libros y diarios íntimos publicados por ambos, entreverados de manera magistral. Un rompecabezas que no deja de sorprender, que por momentos parece demasiado y dificulta una lectura aparentemente poco natural, pero que atrapa y mantiene el interés. El resultado es abrasivo, adictivo, disfrutable, con la elocuencia y contradicciones de un matrimonio que bien podría ser un retrato contemporáneo, y una novela pensada como una forma de periodismo disruptivo.

El resultado es abrasivo, adictivo, disfrutable, con la elocuencia y contradicciones de un matrimonio que bien podría ser un retrato contemporáneo, y una novela pensada como una forma de periodismo disruptivo.

El prólogo de la más reciente edición de Seix Barral, escrito por Adolfo García Ortega, es una buena puerta de entrada a la novela. Una de sus frases resume bien la lectura: “la narración que «imagina» los hechos reales sin abandonar la condición «real» de esos hechos imaginados. Y es esa puerta abierta a la imaginación lo que vuelve literarias las historias verdaderas: el modo de contar, el ángulo de mira, el modo de avance por las sombras de los obstáculos invisibles, esto es la literatura”.

Tolstói ha muerto es una historia que habla del tiempo y del amor, y también del desamor. Así como Romeo y Julieta es una historia sobre el tiempo y el amor, esta historia podría entrar en el mismo apéndice. Porque lo que necesita el enfermo es tiempo en soledad, lejos del amor o del desamor; Franz Kafka le escribía cartas a su enamorada sin parar, le escribía todo lo que le iba ocurriendo, y en sus diarios confiesa que lo hacía para no tener que verla en persona.

Tolstói ha muerto merece ser leída, es una joya de la literatura escrita con demencia y genialidad, pensada para perdurar como obra literaria y como documento histórico.

Vladimir Pozner

Vladimir Pozner

Nació en París en 1905. Su familia había vivido entre Francia y Rusia, y en 1917 vería pasar la revolución bajo su ventana en Petrogrado. Cercano en esa época a Gorki y a Shklovski, frecuentó a Blok, Maiakovski y Ajmátova. En 1921 regresó a Francia. Estudió en la Sorbona y tradujo a Tolstói, a Dostoievski y a «la joven literatura soviética». Decidió empezar a escribir en francés, inaugurando su obra narrativa con dos libros que lograron una amplia repercusión: Tolstói ha muerto (1935; Seix Barral, 2022) y Le Mors aux dents (1937). Después de un largo viaje por una América en crisis, publicó Les États-Désunis (1938). En 1939 trabajó por la liberación de los intelectuales republicanos españoles detenidos en los campos de concentración franceses, de cuya experiencia escribió Espagne premier amour (1965). Antifascista confeso, comunista y judío, durante la Segunda Guerra Mundial se exilió en Estados Unidos. Allí escribió guiones para Hollywood y varias novelas, entre las que destaca Deuil en 24 heures, celebrada por Erskine Caldwell, Heinrich Mann o Dashiell Hammett. Tras la liberación, volvió a París. En 1959 publicó Le lieu du supplice, una crónica de la guerra de Argelia, debido a la cual la organización terrorista OAS atentó contra su vida haciendo explotar una bomba en su domicilio que le causó un prolongado coma. Amigo de Pasternak, Chagall, Picasso, Buñuel o Chaplin, falleció en París en 1992.