El libro del desvarío y el fluir humano 

El libro del desvarío y el fluir humano 

En los dos mil, Paul Auster comenzó a trazar una literatura que sentó las bases para una generación de autores contemporáneos que lo leyeron a rabiar, hasta sacarle chispas a las palabras, a las hipérboles, al devenir de la historia, a la estructura de una novela hipercelebrada: Brooklyn Follies (2005). 

Antes de clavarnos de lleno en ella es necesario hacer primero una breve pausa ante un rasgo que solía ser trivial, y que hallamos en la dedicatoria: “a mi hija Sophie”. Un detalle amoroso que marca una era a sabiendas de que hoy Sophie Auster se ha convertido en una influencer de la cultura neoyorkina con sus “en vivos” en Instagram cada viernes, en los que toca la guitarra, canta, invita a referentes del arte y polemiza con las situaciones que le toca vivir en su ciudad.  

Lo interesante de este vínculo padre-hija es que en la novela ella también es parte de la historia, de los recuerdos, de la narrativa, de todo lo que marca el ritmo de los acontecimientos a medida que avanza la lectura; así se tensan, se llenan de cortocircuitos y sensaciones de esperanza a lo largo de Brooklyn Follies. 

En esta historia, contada una vez más desde una primera persona profunda, muy paulausteriana, el personaje principal es el sexagenario Nathan Glass, que se muda a Brooklyn para morir o al menos esa es su intención: terminar en el costumbrismo que lo vio crecer, con la comodidad del dinero obtenido por la venta de una propiedad. Visto con la perspectiva del sur de la frontera, sin duda es agradable morir con 400 mil dólares en el banco. Así acaban los personajes de Auster, con altura. ¡Qué envidia! 

Auster maneja esta primera persona a su antojo. Nos hace meternos de manera directa e inequívoca en el personaje, un hombre que tuvo cáncer de pulmón, que parece curado, aunque el miedo a la enfermedad persista. El autor aprovecha esta debilidad en Nathan para jugar con nosotros como lectores.  

De forma constante Auster desaira al personaje, lo hace sentirse menos, jugar de patito feo o de oveja que va derecho al matadero, pero no hay que olvidar al lobo que se viste de lanas blancas; un camuflaje digno de una gran novela. Otro engaño de Auster: nada es lo que parece en su narrativa.

Nathan se esconde en el dolor, pero el escondite es otra treta para dar voz viva al condenado, que cuenta y recuerda, y sus memorias son un enorme edificio, una torre de Babel construida sobre el aire: “No tenía el menor deseo de desnudar mi alma ni dedicarme a sombrías introspecciones. Adoptaría un tono ligero y burlesco de principio a fin, con el único propósito de distraerme y tener el día ocupado durante el mayor número de horas posible”. 

En Brooklyn Follies importan tanto las donas como los vecinos, los paisajes nostálgicos de la ciudad, una camarera, una librería, la gente del barrio de Brooklyn donde Nathan nació y vivió hasta los tres años con sus padres, y el barrio y su costumbrismo se abren entonces como una gran urbe de posibilidades donde también se encuentra con un sobrino que tenía en el olvido. Los personajes comienzan entonces a darle un sentido a lo que parecía una vida desechada, destinada a la oscuridad, a la agonía en el ostracismo. 

En Brooklyn Follies Auster le da otra vida a la vida, realza la vejez bien llevada. Nos muestra al cordero que se presenta con sus últimas fuerzas y de pronto encuentra la manera de volverse lobo o al menos no ser una presa de la existencia, sino que se anima a tomar las riendas de lo que parecía un desenlace seguro hacia el desgano.  
 

Con ese impulso aparece cierta sabiduría en las palabras de Nathan, el personaje desahuciado es ahora alguien que es escuchado, que tiene buenos consejos, y el espíritu y la fuerza para salvar a quien deba. “Eso es lo que pasa cuando crees que el otro es mejor que tú. Dejas de pensar por ti misma, y cuando te quieres enterar ya no eres dueña de tu vida. Ni siquiera te das cuenta, tío Nat, pero entonces ya estás jodida. Verdaderamente jodida…”, dice uno de los personajes de este relato. 

Brooklyn Follies nos deja con la sensación de haber leído una novela iniciática donde la trama se construye con los acontecimientos, y con un deseo de leer más. Releer a Paul Auster es uno de esos placeres que nos suceden leyendo.

Brooklyn Follies, de Paul Auster

Paul Auster

Paul Auster

Escritor, traductor y cineasta. Es autor de los libros Jugada de presión (1982), escrito bajo el pseudónimo de Paul Benjamin; La invención de la soledad (1982); La trilogía de Nueva York (1987), compuesta por las novelas Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986); El país de las últimas cosas (1987); El Palacio de la Luna (1989); La música del azar (1990); Pista de despegue (1990); El cuento de Navidad de Auggie Wren (1990); Leviatán (1992); El cuaderno rojo (1992); Mr. Vértigo (1994); A salto de mata (1997); Tombuctú (1999); Experimentos con la verdad (2000); El libro de las ilusiones (2002); La historia de mi máquina de escribir (2002); La noche del oráculo (2003); Brooklyn Follies (2005); Viajes por el Scriptorium (2006); Un hombre en la oscuridad (2008); Invisible (2009); Sunset Park (2010); Diario de invierno (2012) e Informe del interior (2013); y de los guiones de las películas Smoke (1995) y Blue in the Face (1995), en cuya dirección colaboró con Wayne Wang, Lulu on the Bridge (1998) y La vida interior de Martin Frost (2007). Ha editado el libro de relatos Creía que mi padre era Dios (2001). Ha recibido numerosos galardones, entre lo que destacan el Premio Médicis por la novela Leviatán, el Independent Spirit Award por el guión de Smoke, el Premio al mejor libro del año del Gremio de Libreros de Madrid por El libro de las ilusiones, el Premio Qué Leer por La noche del oráculo y el Premio Leteo. En 2006 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es miembro de la American Academy of Arts and Letters y Caballero de la Orden de las Artes y las Letras Francesa. Su obra está traducida a más de cuarenta idiomas.