Nuestro cerebro, tal y como lo conocemos, existe desde hace unos 100 000 años. Sin embargo, la escritura (y, por lo tanto, la habilidad de leer) existe desde hace aproximadamente 5000; tiempo que no es, ni de cerca, el suficiente para que el cerebro humano evolucionara para poder leer.
¿Cómo es posible, entonces, que leamos? ¿Nuestro cerebro estaba destinado a desarrollar la escritura y el método para descifrarla?
Los lingüistas le han llamado la paradoja de la lectura.
Una de las soluciones propuestas por los expertos del lenguaje sugiere que leer se parece más a una ilusión (una provocada) que a un proceso enteramente racionalizado. Quienes apoyan la teoría de la ilusión describen la lectura como una “decodificación de la naturaleza”. Aprovechando los patrones que el cerebro aprende a reconocer en el universo que nos rodea (la forma de un árbol, el ángulo de una cascada, las líneas de una sonrisa, por ejemplo), cuando lee el cerebro evoca las mismas imágenes mentales que cuando experimenta la vida. Los mismos grupos de neuronas se activan y, de cierta forma, el lector experimenta una versión abstracta de lo que lee en el papel como si se tratase de la realidad.
Tal vez por ello se equipare frecuentemente a la lectura con una aventura, un portal a otro mundo o una experiencia mágica.
Sin embargo, existen muchas razones por las cuales leemos. Leemos las noticias o un mensaje de nuestra pareja. Leemos en el trabajo, en la escuela. Leemos para aprender, para escapar o para informar nuestras decisiones. Y, a veces, leemos por placer.
Hablando de paradojas, la lectura placentera es a veces la que estamos más dispuestos a posponer. Los motivos son variopintos. La modernidad nos enseñó a retrasar el placer para favorecer actividades más urgentes y necesarias. En diferentes latitudes y tiempos se han priorizado otras actividades por encima de las que nos dan felicidad. El ser humano ha reprimido lo que le da gusto porque (según dicen las hegemonías) su tiempo estaría mejor dedicado si se destinara a la adoración de Dios, al trabajo, a la productividad o al “progreso de las metas individuales”, lo que sea que eso signifique. Hemos, como civilización, asociado lo que nos produce placer con sentimientos tan oscuros y enredados como la culpa y el egoísmo.
De un tiempo para acá, sin embargo, hemos caído (nuevamente) en una paradoja. La mercantilización de todos los aspectos de la vida (incluyendo a la naturaleza, la cultura, el arte y las relaciones humanas), el fetichismo de la mercancía y el consumismo han dado como resultado un escenario global donde, aparentemente, el placer está al alcance de unos clics, a menos de 15 minutos caminando, en algún rincón de un catálogo interminable de películas, etcétera.
Dedicar tiempo y atención a una actividad como leer no parece, entonces, lo más eficiente. No cuando se puede ver un video de 14 segundos, obtener gratificación inmediata y volver nuevamente a aquellas actividades que no se desean hacer, pero se tienen que llevar a cabo.
Cualquier persona que disfrute de leer entenderá por qué lo anterior es absurdo.
La lectura placentera es, para el lector moderno, a veces el único escape que gratifica y, al mismo tiempo, enmudece al resto de estímulos, supuestamente placenteros, a los que la sociedad moderna lo somete. Leer es vivir (la evolución de nuestro cerebro así lo sugiere) y, aún más, es resistir a través de la ilusión neuronal en incesante caudal de actividades que se hacen por obligación (incluida, también, leer; sí, paradójicamente).
Después de que un libro logra atrapar a un lector, valdría lo mismo decir que este ha quedado atrapado en aquel mundo. Al despegar los ojos de la página, el lector descubre emociones similares a las de despertar de un sueño. Es necesario reincorporarse a la nueva realidad (a la otra realidad, para quien lee la realidad de la lectura es una más que la realidad-real). Piensa en los personajes como si los conociese. Medita sobre sus problemas y dilemas. A menudo quiere discutir lo ocurrido en esa selva de líneas y puntos y formas y letras con alguien más que la haya visitado. Encontrarse, como siempre, en el otro. Comprobar que, efectivamente, lo que ha leído ha ocurrido. Al llegar al punto final, apocalipsis, una gran nostalgia lo invade, un universo entero ha sido destruido.
Resulta que a veces el lector comienza un libro por placer y termina llenándolo de vacíos (¡otra paradoja!). Ha vivido la muerte y el desamparo de los personajes que existen en su cerebro como existen los recuerdos fantasmales de las personas que conoce en carne y hueso. Ha sufrido el engaño de Gatsby, la derrota del Quijote, el suicidio de Ofelia, la traición de Molly Bloom, la tortura de Pedro, el encierro de Edmond Dantes. Escuchó las razones de Raskólnikov, se enamoró, quizá, de la Maga. Temió al Infierno y sintió las brasas y los ríos de sangre evocados en la carne de sus sesos tal y como lo quiso Dante. Cortó una flor, jaló el gatillo, perdió su fortuna, asistió a un colegio de hechicería (y tal vez se enamoró de otra maga).
No es fácil llamarle a todo eso placentero, como tampoco es fácil llamarle a la vida misma placentera.
Sin embargo, así como el lector todos los días se levanta y soporta los embates de la realidad-real, también toma otro libro y se dispone a vivir otra vez.


