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Carne cruda por Rubem Fonseca

Siempre me gustó comer carne cruda. Todavía tomaba
pecho cuando mi padre y mi madre murieron.
Fui a vivir con mis tíos, quienes me consiguieron una
nodriza. Aquella mujer llegaba con el pecho hinchado
y yo comía, aunque eso fue hace mucho tiempo y
no sé exactamente cómo ocurrieron las cosas, pero
cuando se me cayeron los dientes de leche y comencé
a masticar, solo me gustaba comer carne cruda. Mi tía
decía que la carne tenía que cocerse, freírse, cocinarse
y no sé qué más. Todos los sábados había parrillada en
mi casa, a mi tío lo enloquecía la parrillada, la parrillada
y la cachaza; a mí también me gustaba la parrillada,
así que le decía que le ayudaba, pero la verdad era
que yo tomaba un pedazo de picaña, fingía que iba a
asarla en el fuego y la comía cruda, bien cruda, sangrienta.
Mi tío, borracho por la cachaza, no se daba
cuenta, y tampoco mi tía, que era muy miope y no
usaba lentes, pues decía que la hacían verse muy fea.

«…la verdad era que yo tomaba un pedazo de picaña, fingía que iba a asarla en el fuego y la comía cruda, bien cruda, sangrienta…»

Casi me olvidé de decir que, cuando era pequeño, me
gustaba matar a los animales que veía en el jardín:
mariposas, gatos, perros, hasta un mico, o tití, que un
día apareció en el cable de un poste de electricidad de
la casa de mis tíos. Fue complicado matar al mico, pero
me causó un enorme placer. Sobre ese episodio, necesito
contar una cosa todavía más interesante. Tomé un
cuchillo, le arranqué la piel al mico y devoré aquella
carnita llena de huesitos. Después descubrí que la carne
cruda de gato también es muy rica y la de perro
aún más. En China, en Indonesia, en Corea, en México,
en Filipinas, en la Polinesia, en Taiwán, en Vietnam,
en el Ártico, en la Antártida y en dos cantones de
Suiza, en especial en la región de los Alpes, se come
mucha carne de perro, la más apreciada es la del rottweiler.

Cuando veía al perro, se me hacía agua la bica, hasta tenía que escupir, tal era la cantidad de saliva.

El reglamento gubernamental suizo indica que
el animal debe morir sin experimentar ningún tipo de
sufrimiento. En todos esos lugares, se procesa la carne
de perro, es decir, se cuece, se fríe o se hace un caldo
con ella, pero, como dije, a mí me gusta cruda. En una
calle cercana había una casa cuya propietaria tenía un
rottweiler. Cuando veía al perro, se me hacía agua la
boca, hasta tenía que escupir, tal era la cantidad de
saliva. La dueña del rottweiler había enviudado hacía
poco tiempo y armé una estrategia para acercarme a
ella. Toqué el timbre de la viuda, que se llamaba Gertrudes,
y le pregunté: «doña Gertrudes, ¿quiere que pasee
a su perro?». Los perros no pueden estar encerrados
en casa como los gatos; y ella respondió que su nombre
era Guertrudes, que era de origen alemán, y me
preguntó cuánto cobraba por ese trabajo. Le respondí
que no cobraba nada, que amaba a los perros.

Y los amaba de verdad, pero para comérmelos, claro.

Doña Guertrudes aceptó y me dijo que antes quería que yo
supiera algunas cosas sobre su rottweiler. El rottweiler
es de origen desconocido y probablemente desciende
del mastín italiano. Durante la Edad Media, el rottweiler
se usaba como perro pastor. Esta raza estuvo a
punto de extinguirse en el siglo xix, pero consiguió
sobrevivir y volvió con mucha fuerza en el xx. Hoy día
se usa al rottweiler con diferentes funciones, como perro
de rastreo, perro de pastoreo, como perro guardián,
perro policía y perro de alerta. «En mi casa él desempeña
todas esas funciones, ahora que estoy viuda él es
el único amigo que tengo. Otra cosa, sal con Nenê
—así llamaba doña Guertrudes a su perro, Nenê—, sal
con Nenê por el patio de atrás, esa calle es más solitaria
». Una vez que me vi solo con el lindo rottweiler en
el patio, no pude resistirme y tomé el puñal que siempre
llevo conmigo, con el que maté a todos los otros
perros y gatos, y al rottweiler, un golpe fuerte que
alcanzó su corazón, matándolo al instante.

Al ver la sangre, no pude evitarlo: me incliné sobre el perro y empecé a succionar con veracidad aquel líquido rojo y caliente.

Al ver la sangre, no pude evitarlo: me incliné sobre el perro y
empecé a succionar con voracidad aquel líquido rojo
y caliente. Apareció Guertrudes en el patio y, horrorizada,
dijo algo como «Dios mío». No titubeé y le di
una puñalada en el pecho. Llevé los cuerpos dentro
de la casa y me comí la carne de los dos. La carne de
perro es deliciosa, pero la de ser humano, hombre,
mujer o niño, lo es aún más. Lo sé porque, últimamente,
es la única carne que como. Cruda, por supuesto.

Carne cruda, de Rubem Fonseca

Rubem Fonseca

Rubem Fonseca

"(Minas Gerais, 1925 - Río de Janeiro, 2020) Es uno de los escritores más sobresalientes de Brasil de los últimos tiempos. Su narrativa, con un estilo agudo y mordaz, le ha valido innumerables distinciones: el Premio Camões (el más importante en lengua portuguesa), el Premio Konex Mercosur a las Letras, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, y el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, entre otros. El tratamiento de la crueldad, las situaciones corrosivas en las que ubica a sus personajes y los giros de humor son sellos característicos dentro de su obra, un estilo que ha marcado pauta para más de una generación de escritores. La obra de Fonseca ha sido traducida a múltiples idiomas, y se le considera uno de los referentes obligados de la novela y el cuento policiaco."